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D O C U M E N T A R Y P H O T O G R A P H Y
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El rito y la búsqueda: el trance en crónicas de Persia, India, Abisinia y Guinea Bissau | Rpnunyez
DIARIOS INDIOS [ 2019 2021 ]
INDIA: TIERRA DE MITOS
Eran las 3 de la madrugada, acababa de aterrizar en Delhi y aún debía permanecer allí 10 horas más hasta volar, finalmente, a Varanasi.
En el aeropuerto internacional Indira Gandhi, digno de una potencia nuclear como es la India, se había instalado un denso esmog propio de la ciudad más contaminada del planeta en aquellos momentos. Me pareció tan excesivo, que trajo a mi mente el dicho de que en la India todo es así, demasiada gente, demasiados dioses, demasiadas religiones, demasiados rituales, demasiados contrastes… demasiado de todo.
En realidad, la India es tan vasta y compleja, que todo lo que se pueda decir de ella es verdadero y falso a la vez, porque todo tiene su opuesto.
La de la India es la única gran civilización antigua que se ha transmitido hasta nuestros días sin solución de continuidad; algo similar a que los modernos egipcios siguieran adorando a Amón y Ra y enterrando a sus muertos según los rituales del Texto de los Sarcófagos.
Ni en el Egipto actual ni en ninguna otra parte del planeta sucede eso, pero sí en la India.
Mientras dejaba pasar el tiempo, al fondo de la terminal, figuras con posturas de yoga desdibujadas por el esmog me recordaron que, al final, había emprendido un viaje tanto tiempo demorado.
Durante todo ese tiempo, me estuve debatiendo entre la expectación por lo desconocido y exótico y la certeza de que el ser humano, no importa ni dónde ni cuándo, tiene siempre los mismos miedos y anhelos y siempre acaba formulándose las mismas preguntas. Y es su habilidad para encontrar diferentes respuestas a esas mismas preguntas lo que ha conducido a nuestras diferentes maneras de vivir.
Si hay una civilización cuyas respuestas han sido radicalmente distintas a las de Occidente, esa ha sido la civilización hindú.
Como ocurre con el resto de religiones teístas, el hinduismo -simplificando mucho- es un cuerpo de mitos, creencias y dogmas pretendidamente de origen divino (ese orden imaginado de Y.N. Harari) que dan respuesta a todas las cuestiones trascendentales que rodean al ser humano.
Pero mientras en Occidente lo sagrado coexiste con mayor o menor intensidad con lo profano; en la India, lo sagrado, lo mítico, lo ritual forma parte esencial de la vida diaria.
Por otro lado, sorprende, por encima de todo, la especialísima relación que tienen los hindúes con la muerte y con los rituales que la rodean. Una relación encarnada en la idea del ciclo de nacimiento, vida, muerte y reencarnación que denominan “Samsara”.
En la India, los rituales ancestrales omnipresentes, el politeísmo casi desmedido, lo mítico, son como el aire que todo lo impregna de un aroma único e inigualable.
El aeropuerto de Delhi quedada atrás y Varanasi se veía ya ahí abajo, acariciada por el sagrado Ganges. Pensé que, ahora sí, finalmente había alcanzado mi particular Terra Ignota.
JORNADA I.- KASHI: CIUDAD DE LUZ Y TINIEBLAS
No cuando entras en ella por primera vez, no cuando desciendes por sus “ghats”, no cuando te pierdes por sus laberínticas callejuelas, solo cuando sales de Varanasi – Kashi - llegas a comprender lo profunda y radicalmente hindú que es esta ciudad al borde del colapso.
Antes de que Roma fuera conocida o de que Nabucodonosor conquistara Jerusalén, Kashi ya brillaba con toda su gloria y esplendor. En palabras de Mark Twain “Varanasi es más vieja que la historia, que la tradición y que la leyenda y parece dos veces más vieja que todas ellas juntas”. Pero la historia de Kashi no es una historia de magníficos monumentos o de ancestrales piedras, es una historia espiritual, mística, inundada no solo por el sagrado río Ganges, sino literalmente por mitos y rituales y forjada por una enorme sucesión de generaciones unidas por una misma forma de explicarse el mundo y el lugar del ser humano en él.
Varanasi es la única ciudad del mundo antiguo, aún poblada, que conserva vestigios de una forma de vida de al menos 3000 años de antigüedad. No es que haya permanecido estática e inmutable, sino que la profunda influencia del hinduismo en la forma de vida, en los modelos de interrelación y estructura social y, por encima de todo, la casi total ritualización de la vida diaria ha hecho que se mantenga tal y como era ya en tiempos inmemoriales a pesar, incluso, de la presión que ejerce sobre ella la occidentalización creciente.
Tanto es así que, si Buda volviera a Varanasi, no tendría dificultad alguna en reconocer los rituales que diariamente se realizan por millares a orillas del Ganges y que él ya vio en el VI a.C. cuando se dirigía a Sarnath – a escasos 10 km - a pronunciar el primer discurso fundacional del budismo.
Desde tiempos inmemoriales Varanasi es, por añadidura, única en la India – y por ende en el mundo – por su especial relación con la muerte, por su actitud impávida ante ella.
La muerte, la más certera realidad de la vida, temida o tabú en otros lugares, es aquí esperada con la misma naturalidad que un joven espera su madurez. La muerte aquí es liberación, es puerta segura al “moksha”: el fin del ciclo de las reencarnaciones. Por ello, por conseguir el “moksha”, cientos, miles y miles de personas han acudido, acuden y acudirán a ella en su definitiva peregrinación cuando sienten cerca su final.
La muerte en Varanasi es una interminable procesión funeraria que al ritmo del “Rama Nama Satya He” (el nombre de Dios es la Verdad) alimenta sin cesar dos crematorios únicos en el mundo ubicados en plena ciudad a orillas del sagrado río Ganges: Harishchandra y Manikarniká. VOLVER
DELHI 20 DE DICIEMBRE DE 2019 02:00
JORNADA II.- MANIKARNIKÁ: EL ÚLTIMO VIAJE [ MORIR A ORILLAS DEL GANGES]
Hoy la luz de Kashi, como tu vida misma, se ha convertido de forma irremediable en eterna oscuridad.
Hoy en Varanasi, en Manikarniká, has emprendido tu último viaje.
No importa ni cuándo ni cómo llegaste a Kashi.
No importa si viviste en la miseria o abandonaste la opulencia para dedicarte al estudio de los textos sagrados que heredaste de tus padres.
Seguramente cumpliste mil y una vez con los milenarios rituales que tus dioses demandaban para ti y tus ancestros y descendiste una y otra vez los escalones de los “ghats”, camino del sagrado río para sumergirte en sus contaminadas pero purificadoras aguas.
Quizás llegaste aquí en peregrinación para ser bendecido por algún hombre santo o buscando una última morada cuando presentiste que el final estaba ya cercano.
Tal vez fuiste un renunciante errante y acabaste, al final de tus días, junto a tus hermanos ascetas en algún recóndito monasterio.
Sea como fuere, tú ya has pasado por este trance: debiste raparte la cabeza y vestir la túnica blanca mientras llorabas en silencio la marcha de tu madre al tiempo que iniciabas la definitiva hoguera alrededor de su cadáver, después de las cinco sagradas vueltas rituales.
Llegado este momento, no importa quien fuiste y lo que hiciste, no importa si fuiste paria o brahmán.
Ahora, tu cuerpo yace inmóvil después de la postrera inmersión en las sagradas aguas y bajo el peso de la madera que devorará tus carnes.
Atrás quedaron los luminosos atardeceres que tus ojos ya no verán más y la alegre algarabía de las gaviotas, que tus oídos ya no escucharán.
Tus huesos crujirán bajo el fuego mientras Shiva te susurra al oído las anheladas palabras que te liberarán del eterno ciclo de las reencarnaciones. Alcanzarás finalmente el ansiado “moksha”.
Tu hijo, como ya hiciste tú mismo en su momento, golpeará tu cráneo para liberar tu alma, arrojará tus restos no consumidos al río, allí donde los buscadores de oro viven con el agua a la cintura, y lanzará sobre tus cenizas, aún calientes, la vasija ritual tal y como se viene haciendo desde milenios.
Mañana, en Manikarniká, el fuego seguirá devorando cadáveres, pero la vida – ese hecho minúsculo y extraordinario dentro de un universo inerte – seguirá su curso en una especie de “samsara” colectivo.
Mañana, después de todo, tu seguirás existiendo porque tus hijos y los hijos de tus hijos seguirán orando por ti de mil maneras diferentes a orillas del Ganges. VOLVER
DELHI 10 DE DICIEMBRE DE 2019 06:00
JORNADA III.- EL TEMPLO DE ORO: EN TIERRA DE SIJS
Era el 5º día que entregaba mis botas en custodia para poder entrar.
Me esperaban horas de deambular descalzo sobre el gélido y resbaladizo mármol del Templo de Oro, el templo sagrado de los Sijs en Amritsar.
Después de un mes sorteando el lodo del Ganges, tenían un aspecto horrible - a pesar de los intentos de adecentarlas- y eran un par más entre varios miles; tantos como peregrinos desfilan, cada día del año, por el complejo sagrado.
La historia de los sijs transcurre, como la de tantos otros pueblos, junto a libros sagrados y lanzas mortíferas.
Tienen merecida fama de terribles luchadores y excelentes guerreros con una historia llena de claroscuros: infligieron al ejército británico su peor derrota en el país, pero también sufrieron en propias carnes, matanzas como la de Jallianwala Bagh o la ocurrida en el propio Golden Temple por parte del ejército de Indira Gandhi y que, a su vez, provocó su asesinato a manos de dos miembros de su guardia personal, sijs.
El contraste entre la seriedad y rudeza de sus rostros y la afabilidad con que estrechan tu mano entre las dos suyas, es realmente desconcertante.
Muchos de ellos circulan por las calles con su enorme turbante, su espada y su puñal sagrado del que no se separan ni el momento de su baño ritual en la piscina de néctar (amritsar en punjabí) que da nombre a la ciudad.
Estamos en el Punjab, pero parece que hayamos abandonado ya la India. No hay vacas, no hay monos, no hay ofrendas en cada esquina, a cada momento.
Todo empezó en el siglo XV d.C. con el gurú Nanak y sus sucesores y discípulos (sijs en punjabí) que fundaron una nueva religión monoteísta oponiéndose al desmesurado ritualismo politeísta hindú, a su sistema de castas, al sacrificio de las viudas y a la diferencia social entre hombres y mujeres - entre otras medidas -.
Ahora, y desde entonces, todos los hombres se apellidan Singh (león) y todas las mujeres Kaur (princesa); una medida efectiva para evitar la referencia a la casta de procedencia.
La noche se echaba encima. En el interior del templo, los gurús Granth Sahib seguían leyendo los textos sagrados y la cocina seguía sirviendo comida gratis a todo el mundo.
Volví a recoger mis botas, un par más entre miles. Las botas estaban impolutas y perfectamente embetunadas.
A veces ocurren cosas aparentemente insignificantes que te empujan a reflexionar sobre ellas porque intuyes que detrás de esa apariencia trivial se oculta algo grande y trascendente.
Allí, a la entrada del Golden Temple de Amritsar, sucedió uno de esos momentos mágicos. Desconcertado, sin articular palabra, no fui capaz de agradecer ese gesto totalmente inesperado, ¿a quién podría hacerlo?
Tras unos segundos dubitativos me malhumoré por mi propia reacción.
No debí haberme olvidado de que estaba en tierra de sijs. VOLVER
DELHI 19 DE DICIEMBRE DE 2019 15:30
Bibliografía
Enterría, Álvaro (2018). LA INDIA POR DENTRO. | VV.AA. (2012). BENARÉS. La ciudad imaginaria. | José J. de Olañeta e Indica Books
DIARIOS PERSAS. ( 50 días en el "Eje del Mal" ) [2017 2019]
Platón describió la situación en su “Mito de la caverna” hace 2400 años con la maestría propia de los genios.
Sometidos a la dictadura de los medios de comunicación y de los creadores profesionales de opinión nos forjamos una imagen del mundo más cercana a las sombras de la caverna que a la terca realidad.
EEUU convirtió a Irán en uno de sus principales enemigos desde el triunfo de la revolución islámica capitaneada por el Imam Jomeini en 1979. Esa postura se ha mantenido en el tiempo con mayor o menor intensidad no en función del devenir de la historia reciente del pueblo iraní sino, más bien, de los caprichos y circunstancias estratégicas del propio EEUU en los países del golfo.
En enero del 2002 George W. Bush incluyó a Irán en el denominado eje del mal (axis of evil) en su discurso sobre el Estado de la Unión.En ese discurso afirmó que “[Nuestro objetivo] es prevenir que regímenes que apoyan al terror amenacen a [Estados Unidos] o a nuestros amigos y aliados con armas de destrucción masiva. ……. Irán anda enérgicamente tras estas armas y exporta terror, mientras que unos pocos que no han sido elegidos reprimen el deseo de libertad del pueblo iraní.”
Cegados por nuestro servilismo irracional, dimos por supuesto que una acusación de tal calibre había sido largamente meditada. Pero, tal y como algunos de sus asesores confirmaron posteriormente, la frase fue, en realidad, fruto de la causalidad ya que su único objetivo inicial era vincular a Irak con el terrorismo. Irán y Corea del Norte acabaron incluidos por razones circunstanciales o simplemente retóricas.
Vivimos, en fin, desde hace décadas de manera permanente, insistente incluso de manera subliminal con la sombra proyectada sobre Irán. Una sombra que se extiende sobre su régimen y, por extensión, sobre su gente como si ambos fueran el mismo ente, como si ambos no fueran, en gran medida, las dos caras opuestas de la misma moneda.
Malcom X se alió, tal vez sin preverlo, con Platón cuando dijo “Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido”
I. IRÁN UNA TEOCRACIA AL ESTILO PERSA
Coincidí con ella a la sombra del imponente Iwan de la mezquita Iman Jomeini de Isfahán. En pocos minutos estaba tomando té con toda su familia a la sombra de la un arbusto de la plaza Naqsh e Jahan. Por enésima vez me acribillaban a preguntas sobre mi país y sobre mi opinión sobre el suyo. No recuerdo su nombre pero sí que era resuelta y locuaz y que su condición de ingeniera informática le otorgaba un cierto aire de superioridad respecto al resto de la familia. Entre risas benevolentes y desdén, que yo no lograba comprender muy bien, iban construyendo sobre el tapete del picnic una especie de mosaico desordenado con algunas de las fotografías de mi primer viaje. De repente, de forma instantánea e instintiva, se levantó con la foto entre sus manos preguntándome con un gesto imposible de ignorar si podía romperla; yo por supuesto asentí con la cabeza pero ella, seguramente por educación, desistió mientras decía en alto para sonrojo de su familia “I hate all of them”.
La foto fue tomada en Teherán y en ella aparecen dos minúsculas mujeres con chador bajo dos inmensos retratos de Ruhollah Jomeini y Alí Jamenei que parecen observarlas atentamente.
Instantáneamente vino a mi mente la mañana en que recibí un SMS estando yo en Yazd. En él se me rogaba que no comentara con nadie las conversaciones que la noche anterior mantuve con su familia mientras cenábamos en un parque de las afueras de la ciudad. Lo que allí se habló y de lo que se habla en Irán de forma recurrente es de hastío, de miedo y de falta de libertad.
Éstas no serían más que anécdotas si no fuera porque se repiten una y otra vez no importa dónde estés ni con quien hables.
Hastío, miedo, ansias de libertad y también pesimismo porque, como bien saben por experiencia propia, los grandes cambios, las revoluciones – tal y como ocurrió con la de Jomeini - sólo ocurren cuando el pueblo tiene hambre y simultáneamente ha perdido el miedo al poder que lo subyuga.
Hoy en Irán los iraníes tienen qué llevarse a la boca y no han perdido el miedo.
Resulta paradójico que los hijos de aquellos que besaban los zapatos de Rheza Pahlevi, el último Sha de Persia, o de los que con tanto ahínco se esforzaron en derribar una tras otra los centenares de efigies suyas repartidas por todo el país, deban convivir hoy con los miles de retratos de Ruhollah Musaví Jomeini o de su sucesor, el actual líder supremo, Alí Jamenei que inundan el Irán actual.
Y es que Irán, paradigma de teocracia moderna, vive bajo la sombra de quien en 1979 regresara de su exilio en París para dar por finalizados años de despilfarro, de corrupción y de terror de la dinastía Pahlevi instaurando La República Islámica de Irán.
Cuando el 1 de febrero de ese año el pueblo iraní acogía con auténtico júbilo el regreso de Jomeini no hacía más que expresar su esperanza en una vida digna y, quizás, de recuperar una identidad perdida.
La respuesta a cómo se han visto satisfechas esas esperanzas y a cuáles han sido las consecuencias de su regreso está, parafraseando al gran Dylan, “flotando en el viento”. Sólo hay que tener voluntad de escucharlo. VOLVER
II. LOS CHIITAS IRANÍES Y SU FERVOR RELIGIOSO
Él se esforzaba en conseguir un buen encuadre para la foto, ellas, ajenas a los esfuerzos del padre, miraban boquiabiertas la infinidad de historias bíblicas relatadas desde el suelo a la cúpula en una policromía que recuerda a la de los monasterios ortodoxos etíopes pero con una calidad pictórica muy superior.
La escena pasaría desapercibida de no ser porque sucedió – sucede cada día- en Vank Church la catedral cristiana de Jolfa en el barrio armenio de Isfahán y porque la familia en cuestión profesa la rama chiita del islam a tenor de los impecables chadores que ellas vestían y que apenas dejaban ver algo más que sus blancos rostros. Nacieron chiitas y no tendrán, en absoluto, manera legal de elegir una nueva religión si así lo desearan.
Las casualidades de la vida hicieron que al día siguiente coincidiera con la misma familia en la madraza Chahar Bagh con motivo de la oración del viernes.
En esta ocasión las cosas sucedieron de forma algo distinta, ellas junto a otros dos centenares de mujeres, todas ellas con chador negro, en el patio exterior, él en el interior de la propia madraza junto al resto de hombres. Todos ellos, devotos practicantes, comparten momentos de gran carga emocional e incluso de éxtasis individual y colectivo que refuerzan hasta el infinito la conciencia de pertenencia a un grupo, hecho que, sin lugar a dudas, constituye una las fortalezas del pueblo iraní.
Unos días antes, acabé por casualidad en lo que sin duda era un recinto sagrado. Pero mientras unos feligreses rezaban en silencio o frotaban sus manos contra la tumba de algún mártir, otro grupo de hombres charlaba alegremente alrededor de unos tés y unos exquisitos dátiles que inmediatamente pude saborear. Al cabo de una hora, después de unas larguísimas presentaciones, uno de ellos me agarró del brazo, me llevó a una esquina, asegurándose con la mirada de que estábamos en un ángulo muerto de las cámaras de seguridad, para hacerme inconfesables revelaciones sobre su idea del actual régimen político.
Tomé un último té y mientras me alejaba tuve que esforzarme en pensar que no había participado en una reunión cualquiera de unos amigos en el bar de la esquina. En realidad era el mausoleo Shahzade-ye Ibrahim de Kashan. Seguramente para ellos sí era el mausoleo de la esquina.
Pensar que el fenómeno del chiismo en Irán es obra y gracia del ayatolá Jomeini y su revolución del 79 es una ingenuidad. A finales del siglo X la práctica totalidad de persas eran ya musulmanes pero abrazando el chiismo como una forma de rebelión y supervivencia frente a los invasores árabes sunitas que conquistaron Persia.
Cuna del zoroastrismo, la más antigua de las religiones de credo reveladas, e islamizado por los árabes hacia el 636 d.C., Irán fue convertido oficialmente al chiismo duodecimano por el primer Sha Ismail I de la dinastía safawí en 1502 que ya en aquel entonces instauró el primer gobierno teocrático del país.
La rama chiíta del islam confiere a Irán su particular forma de ser y explica gran parte de su historia pasada y reciente: Los chiitas rechazan el poder de los califas (sunitas), apenas toleran otro poder que no provenga de sus imanes y tienen una inquebrantable fe en que el duodécimo imam, muerto violentamente como todos los anteriores, regresará para anunciar el fin del mundo.
Y es con esta fe, su verdadera fuente de fuerza espiritual, con la que viven, con la que se emocionan y lloran y por la que mueren si es necesario.
Considerados por los sunitas como una rama herética del islam, no han dejado de producir nuevas interpretaciones del Corán y en sus estudios incluyen a filósofos como Aristóteles o Platón pues consideran que la razón humana es fuente divina; una herejía para los sunitas.
Y para acoger a todos estos sentimientos está la mezquita. La mezquita iraní es mucho más que la plasmación de una gloriosa arquitectura, mucho más que un centro de oración; es sobre todo un territorio vedado al poder laico, es un lugar de refugio en tiempos difíciles como lo fueron los del reinado de Sha y el escenario para una animada vida social, cultural y paradójicamente política. VOLVER
III. BAZAR, VIDA PRIVADA VIDA PÚBLICA EN EL IRÁN POST KHOMEINI
Benhaz insistió en quedar con su amigo a unas horas que a mí me parecieron muy tardías. Supuse que era una manera de evitar miradas indiscretas y por lo tanto problemas. Una vez en el coche pasamos a recoger a su hermana Bahar y a su sobrina Nila.
Sabía que no debía dar la mano a Bahar ni mucho menos un par de besos, así es que me limité desde la posición de copiloto a saludarla en farsi – khoshvaqtam- lo que provocó en ella una explosiva y franca sonrisa de inmediato.
Pasamos unas horas bebiendo té y fumando “khelium” en lo que debían ser las estribaciones de alguna montaña a juzgar por el inusual frescor del ambiente. Ya entrada la media noche me dejaron en el callejón que da al hotel y cuando me disponía a despedirme con las escasas frases aprendidas en farsi, Bahar -que debió intuir mis intenciones al ver cómo sacaba mi pequeña libreta de notas- se bajó del coche, me dio un fuerte abrazo y un par de besos y se subió de nuevo sin apenas darme tiempo a reaccionar.
Debió ver mi cara de sorpresa porque, mientras se alejaba, se rió a carcajada limpia mientras hacía la señal de victoria con su mano izquierda.
Días después, recorriendo los intrincados callejones del bazar de Kashán, recordé esa inesperada despedida. El bazar iraní es mucho más que un mercado, más que un laberinto de callejones y comercios. El bazar invisible está formado por una intrincada maraña de redes comerciales, políticas y religiosas que han influido en los grandes acontecimientos de la historia reciente del país.
Había algo extraño en ese bazar que no lograba identificar, era algo más que los embriagantes olores a especias, más que los rayos solares colándose por las bóvedas, más que el incesante trasiego de mujeres vestidas con chador negro.
Al mediodía, huyendo como siempre del sol abrasador, me había refugiado en unos antiguos baños públicos restaurados, donde lugareños y foráneos dejan pasar las horas fumando en pipa de agua o bebiendo té, los pasatiempos nacionales.
Revisaba mis notas de viaje entre café y café cuando de repente el enigma del bazar cayó como lo hace la fruta madura; acudieron a mí decenas de imágenes de mujeres vestidas con impecables chadores negros coqueteando con joyas y vestidos que jamás podrán lucir en público. Acabé entendiendo lo que ya había visto con tanta insistencia en el gran bazar de Isfahán y que volví a ver en el de Kashán.
El significado de lo que tantas veces había tenido ante mis ojos sin entenderlo, lo desveló aquella despedida de Bahar días atrás: mientras se alejaba en el coche haciendo la señal de la victoria, debió pensar ¿Acaso no sabes que en Irán vivimos dos vidas? VOLVER
IV. NAQSH-E JAHAN EL CENTRO DE LA MITAD DEL MUNDO
Coincidí con Safouraz bajo el impresionante pórtico del palacio Ali Qapu huyendo del implacable sol del mediodía como el resto de isfahaníes. Su gran visera blanca le daba un raro aire sofisticado pero bajo su chador negro apenas podía disimular su aspecto melancólico. Entre miradas furtivas a los enormes retratos de Alí Jamenei y del Imam Khomeini que teníamos encima, no tardó en esbozarme algunas pinceladas sobre su vida que bastaron para comprender que estaba marcada por irreversibles pérdidas personales.
Safouraz soñaba peligrosamente con el paraíso y con sus mártires pero oyendo cómo hablaba de su ciudad comprendí por qué los isfahaníes dicen de ella que es la mitad del mundo: porque para igualar su belleza se necesita todo lo demás.
Era mi primer día en Naqsh-e Jahan; aún acarreaba la pesada carga de prejuicios con que los occidentales solemos juzgar al país. Quizás por ello, recuerdo a la perfección cómo mis sentidos y emociones se focalizaban en dos concretos e irresistibles puntos que en ese momento se me antojaban contradictorios: chadores negros por doquier y la inesperada paz y armonía que se respiraba, que se respira cada día, en ese lugar tan especial.
La entrada al gran bazar – la puerta Qasarieh - al norte, la mezquita del Imam Khomeini al sur, la mezquita Loftollah al este y al oeste el palacio Ali Qapu; todos ellos son mudos testigos de los avatares del pueblo isfahaní más allá de periodos históricos, regímenes o revoluciones.
Con los primeros rayos de sol, Naqsh-e Jahan - la imagen del mundo en persa - muestra, orgullosa, su excepcional arquitectura. Ocurre así desde que el Sha Abbas I El Grande trasladara la capital del imperio Persa a Isfahán convirtiéndola en la urbe más bella del mundo musulmán. Aún hoy en día es una de las plazas más grandes jamás construida.
Cuando los últimos rayos de sol mantienen encendidos los minaretes de la mezquita, cuando los chorros de agua del estanque central se tornan llamaradas de fuego y cuando las sombras de los chadores se alargan sobre el suelo compitiendo en longitud con éstos, Naqsh-e Jahan es el centro de la mitad del mundo.
En el centro de la mitad del mundo - en el Irán actual - , si eres mujer, puedes ser “ chadoríi ” , “hiyabi” o “ mantoíi ” . Decenas y decenas de chadores negros portados - por convencimiento o con resignación - con un cierto aire de elegancia, y otros tantos vestidos de corte occidental pero siempre acompañados de pantalón y rematados con pañuelo en la cabeza inundan la plaza produciendo una extraña sensación.
Allí, diariamente se congregan jóvenes volando cometas o jugando al voleibol, niños remojándose en el inmenso estanque central bajo la atenta mirada de sus madres, chicas adolescentes pasando el tiempo entre selfies, risas nerviosas y sueños de futuro, parejas de enamorados prometiéndose amor eterno y sobre todo decenas de familias haciendo picnic en torno a un termo de té o a una canasta de fruta.
Todos ellos configuran un puzle humano que se renueva cada día pero que siempre gira en torno al núcleo esencial de la sociedad iraní: la familia.
Naqsh-e Jahan es la perfecta metáfora de Irán en el mundo, es la materialización perfecta de la cualidad que más nos caracteriza como especie: nuestra tenacidad y capacidad de supervivencia incluso en las situaciones más adversas.
Último día en Isfahán, última noche en Naqsh-e Jahan que aprovecho hasta bien entrada la madrugada. Mientras me dirijo al hotel sorteando transeúntes, coches de caballos, motos y cambistas que parecen turnarse para mantener la calle permanentemente ocupada, caigo en la cuenta de que es la hora de pensar en el siguiente destino.
Miro hacia atrás mientras pienso para mis adentros “volveré a la mitad del mundo”. VOLVER
V. KHAJU: HISTORIAS DE UN PUENTE SECO
Pasaron gran parte de la mañana situadas estratégicamente en la entrada norte del puente, su estática posición, sus chadores negros y sus gafas con cristales tintados las hacían inconfundibles, eran una pareja de la temida “Gashte Ershad” , la policía femenina guardiana de las buenas costumbres.
Las mujeres más veteranas parecían tener un sentido especial para detectarlas y con gestos de hartazgo y resignación se recolocaban el hiyab antes de cruzarse con ellas; las jóvenes adolescentes, absortas en su propio mundo, eran casi siempre sorprendidas y, con gestos de sumisa resignación, recibían la educada amonestación para que cubrieran su cabello debajo del hiyab.
En el ocaso, hacía ya un par de horas que los cánticos de los juglares resonaban entre las bóvedas del nivel inferior del puente; de repente, de forma imperceptible, ese ambiente de sosiego y euforia colectiva se transformó en una monumental algarada provocada por un individuo impecablemente vestido que afeó la conducta del juglar.
Temiendo que el individuo fuera un policía secreto del régimen me alejé prudentemente de la escena, pero media hora más tarde, cuando observé que era literalmente arrinconado por la muchedumbre, me acerqué a uno de los cabecillas que con menos disimulo le había plantado cara - y que horas atrás me había instruido sobre la importancia de la poesía de Hafiz en la cultura persa- para interesarme por lo ocurrido.
Me mostró sus arrugas, me señaló su bíceps derecho y, con cara de hartazgo y ojos acuosos por la rabia contenida, me dijo literalmente “he tenido que pasar muchas penalidades en mi vida para que ahora venga la gente de mente estrecha a decirme lo que puedo y no puedo cantar”. Se dio la vuelta mirando al individuo y, con amplia sonrisa y gesto de satisfacción más propios de un adolescente victorioso, comenzó a canturrear en inglés probablemente para que yo lo entendiera “Soy feliz, soy feliz, soy feliz, quiero vivir con alegría, soy feliz, soy feliz”.
El puente Khaju construido de piedra y ladrillo durante el mandato del Shah Abbas II alrededor de 1650, con sus 127 m de longitud es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura persa. Pero en la actualidad los isfahaníes comparten por bluetooth videos de un pasado esplendor en el que aguas verde azuladas transcurrían plácidamente bajo él. Lamentan con resignación la pérdida total del caudal del río Zayandeh durante 11 meses al año debido a lejanas políticas hidráulicas decididas en Teherán.
Como una inmensa y espectacular colmena va alojando desde el alba al ocaso a decenas de actores que, sin pretenderlo, representan a diario una obra con guión no escrito. Juglares espontáneos, familias que se cobijan del insoportable sol, solitarios de todo tipo que buscan compañía anónima o enamorados. Se dice que no hay pareja en Isfahán que no haya buscado un cierto atisbo de intimidad bajo la sombra de algún recóndito arco de esta espectacular construcción de la dinastía safawí sorteando las miradas escrutadores de policía y de las propias “Gashte Ershad”.
Paradojas del destino, el puente Khaju, privado ya de su hidráulica razón de existir, ha sido convertido por los isfahaníes en el singular escenario del teatro de sus vidas. VOLVER
VI. YAZD Y KASHAN DOS OASIS EN DASHT E KAVIR
Coincidimos en la cola de entrada del tren nocturno con destino a Yazd y aprovechó el primer contacto visual para decirme “Welcome to Iran”. Un par de horas después apareció en mi vagón con dátiles acompañado por su madre, una joven iraní vestida al estilo hiyabi que se esmeraba en grabar la escena como si se tratara del documental de su vida.
Dos días después me encontraba de picnic con toda su familia y, mientras sus padres se esmeraban en ser unos excelentes anfitriones, su hermano adolescente rebosante de curiosidad y energía vital me susurró al oído:
- ¿Sabe usted que en mi país no hay libertad?
- Le contesté a la gallega diciéndole ¿qué piensan tus padres de esto? Lanzó una mirada alrededor, como quien necesita comprobar que nadie está en la conversación, y me contestó con cara de satisfacción: Lo mismo que yo.
A la mañana siguiente recibí un sms: “Por favor no comente con nadie nuestro encuentro de anoche y mucho menos de lo que allí se habló porque en mi país no tenemos permitido cenar con turistas por razones de seguridad”
Tanto Yazd como Kashan surgen como milagros insospechados en las estribaciones occidentales del desierto persa; de historia milenaria fueron durante mucho tiempo la última parada de las caravanas antes de internarse en el desolador desierto Dahst e Kavir.
Aún conservan la arquitectura milenaria de “Sabbats” - estrechos callejones de adobe - y “Bagdirs”- torres de ventilación combinadas con depósitos de agua subterráneos - que Marco Polo vio en uno de sus viajes en 1272 y que hacen soportable un riguroso clima que oscila entre más de 40º C en verano y -8º C en invierno.
Conservan también ese modo de vida alejado del trajín de las grandes urbes y apegado a las tradiciones y a la estricta ortodoxia de la sharía. Aquí, en el desierto iraní, la proporción de mujeres “chadoríi” es aplastante y es prácticamente imposible encontrarse con esas valientes que abundan en Teherán y otras grandes ciudades que, en un atrevido acto de rebeldía, dejar caer su hiyab mostrando su cabello y desafiando al régimen.
Iba yo recordando días después el sorpresivo sms de Aboolfazl mientras recorría el barrio antiguo de Kashan huyendo del sol abrasador; era mediodía y aunque iba literalmente rozando la pared de adobe tuve que refugiarme en el hueco de una puerta para que el coche pudiera avanzar lentamente por el “Sabbat”. Al llegar a mi altura, el coche se detuvo empotrándome literalmente entre las dos puertas la de la casa y la del propio coche. Se bajaron las dos ventanillas de las que salieron tres voces que al unísono dijeron “Welcome to Irán”. Inmediatamente la hija adolescente, vestida con chador igual que su madre, tomó la iniciativa y me pidió de manera exquisitamente educada que les acompañara a su casa a comer: “You are our guest, please…”.
Es difícil olvidar sus caras de frustración cuando, al final, entendieron que me era del todo imposible al estar a escasas horas de salir para mi siguiente destino.
Me despedí dándoles las gracias y deseándoles un buen día: “Sepas go Sharam” “Ruz khubi dastec basid”. Sus caras se iluminaron de nuevo con un gesto mezcla de sorpresa y extrañeza. VOLVER
VII: BANDAR E ANZALI: LA ALARGADA SOMBRA DE LOS CHADORES
Casi sin darme cuenta me encontraba fumando “khelium” con unos pescadores en alguno de los muchos bares de la calle Mirza Kouchak Khan, algo realmente difícil de ver la mayoría de ciudades del país. Como viene ocurriendo desde siglos, habían tenido lugar decenas de subastas del pescado capturado la noche anterior.
Mientras escuchaba el borboteo de la pipa de agua, sonreí sorprendido al observar el brazo totalmente tatuado de uno de ellos; en tono algo arrogante, me devolvió la sonrisa mientras se levantaba la manga para dejar al descubierto un burdo tatuaje de una chica totalmente desnuda. Hice un pequeño movimiento para enfocar mi cámara, pero él me detuvo bruscamente: No hagas una foto de esto, está prohibido.
De vuelta al hotel, las palabras del joven pescador me hicieron recordar lo que días atrás había presenciado en Anzali Beach.
Observaban, como estatuas, las olas del Caspio, debían ser del interior del país a juzgar por sus caras de júbilo. Agrupadas en fila única bajo unas sombrillas que eran ya inútiles por la posición del sol, observaban cómo un grupo de tres chicas jóvenes disfrutaban del oleaje a pesar del enorme peso de su ropa empapada.
De forma inesperada, un dedo acusador y unos pitidos interrumpieron la escena; provenían de un grupo de mujeres vestidas con chador integral y viseras blancas. Al parecer, el hijab empapado en agua de alguna de las chicas, le había salido contrarrevolucionario enseñando más cabellera de lo permitido. Me sorprendió la mansedumbre de las chicas y del prometido de una de ellas que observaba la escena desde la arena haciéndole efusivas señales para que se lo subiera.
Por un momento creí estar de nuevo en la entrada norte del puente Khaju de Isfahán donde las “Gashte Ershad” velan por el cumplimiento de la sharia.
Al día siguiente, y de nuevo en Mirza Kouchak Khan, pasé un buen rato jugando una partida de billar con un antiguo capitán, ya jubilado, de la marina iraní y una nutrida cohorte de público. Mientras el marino admitía a regañadientes mi victoria, sin duda la suerte del principiante, me interesé por la extraña ubicación de la sala, a modo de palafito, en la trastienda de uno de los bares de la ciudad portuaria. Con un gesto, mezcla de hartazgo e impotencia, me dijo que eso era así porque el juego no está permitido en Irán.
Demasiadas prohibiciones en mi país, sentenció finalmente en voz baja. VOLVER
VIII: IRANÍES . HIJOS DE LA REVOLUCIÓN
Sabía que podía entrar y tirar todas las fotos que quisiera. Los iraníes, para los que las mezquitas son mucho más que un sitio de oración, no sólo te permiten entrar en ellas, sino que te invitan a compartir con ellos hasta los más privados momentos de oración.
Aun así, me mantenía discretamente bajo el umbral de la puerta de la mezquita Azam Korsi de Kashan observando cómo los feligreses, todos hombres, elevaban sus plegarias vespertinas. Repentinamente un hombre de mediana edad me invitó efusivamente a entrar diciéndome con su cara que algo importante me estaba perdiendo allí afuera. Ante mi reticencia me pidió una foto junto al que parecía ser su padre. Finalmente me agarró de los hombros mientras me daba cuatro besos, dos y dos, como los de las abuelas de toda la vida.
Poco antes, mientras paseaba por los alrededores de la mezquita, se me acercó un adolescente subido en una bici cuyo paso aminoró para entablar conversación. Mientras me lanzaba, una tras otra, preguntas sobre mi país y se interesaba por mi opinión sobre el suyo, se le acercó un hombre maduro de aspecto más bien desaliñado que de manera amable y condescendiente le susurró algo al oído. El hombre y se alejó rápidamente disculpándose por la interrupción. Inmediatamente, el joven, avergonzado, se bajó de la bici pidiéndome disculpas por no haberlo hecho antes.
Este joven era muy diferente a los que me encontré días después en Khaju Brigde en Isfahán. De forma totalmente desconocida por mí hasta el momento, su comportamiento fue desafiante y su actitud burlona. Decidido a cortar por lo sano me dirigí al que parecía ser el líder del grupo y le dije en tono exageradamente serio: hasta donde yo sé los iraníes sois gente amable y educada y vosotros me estáis molestando. Automáticamente sus cuatro colegas lo agarraron de los brazos pidiéndome disculpas mientras lo alejaban.
Encuentros como éstos se suceden uno tras otro, día tras día, en el Irán actual.
Encuentros como estos corroboran la simple idea de que un país es grande, no por sus paisajes extraordinarios, ni por su impresionante arquitectura, ni por su cultura milenaria, ni siquiera por el régimen político del momento o por sus líderes. Sin su gente, todos son desiertos emocionales. VOLVER
IX: CONVERSACIONES CON MOLANA
Soy hierro resistiendo el imán más fuerte que hay.
Lo escribió en el siglo XIII uno de los grandes poetas y místicos sufís de origen persa, autor del Masnavi-ye Manavi conocido como el Corán Persa e inspirador de los derviches giróvagos , paradójicamente prohibidos en el Irán actual.
Todos ellos nacieron dentro de la actual República Islámica de Irán y pudieron elegir alabanzas a la primavera o a los almendros en flor. Pudieron elegir hablar de la unión mística con el Ser Supremo, de la emoción del amor humano o elogiar la música y la danza como el camino para alcanzar el éxtasis. Pero eligieron, a veces con valentía, a veces con temor, hablar de dolor, miedo, de muros, de resistencia, de libertad y de esperanza
Y es que la poesía de Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī más conocido como Molana transciende sus orígenes y su tiempo, nos pone a cada uno de nosotros frente al espejo y, como un tímido pero potente rayo de luz, nos alerta de forma exquisita de los peligros de la autocomplacencia porque solemos juzgar los muros del otro como su prisión y los propios como nuestra fortaleza. VOLVER
DIARIOS ABISINIOS. ( Relatos de un viaje inútil ) [2014 2016]
Quise comprobar , cámara en mano - ese magnífico artilugio que congela el tiempo - , si la Etiopía real es tal y como la describen: un país extraordinario, excitante, exótico; montañas de exuberante vegetación y depresiones volcánicas donde la vida apenas es posible, torres acristaladas de lujo extemporáneo rodeadas de océanos de humildes viviendas de hojalata, iglesias excavadas en roca y legendarias ciudades santas del Islam, ritos ortodoxos de tradición milenaria y ceremonias tribales que apenas han variado desde la edad de bronce.
Nada más lejos de la realidad. Nada de exotismo. ¿Son esencialmente distintas sus danzas tribales de nuestras fiestas populares?
Nada de ritos extraños. ¿Son más extrañas sus escarificaciones que nuestras cirugías estéticas? ¿Son distintas sus celebraciones a base de sorgo fermentado de nuestros botellones?
Nada de gente extraordinariamente buena o excesivamente malvada. ¿Acaso las leyes divinas o humanas, vividas aquí o allá, han impedido que la especie humana deje de ser lo que en esencia es? ¿Acaso sus pillastres, estafadores o maltratadores son peores que los nuestros por no calzar unos Armani?
Nada de incomprensibles tragedias, exilios o grandes migraciones ¿No vivimos ya entre ellas sin apenas ser conscientes?
Allí, como aquí, lo extraordinario, lo excitante, es la propia vida, vida corriente, vida vulgar incluso anodina, esa misma vida que allá donde aparece – entre oro o entre inmundicias- nos inunda con sueños y esperanzas, con risas y lágrimas, con irrefrenables deseos de amar y ser amado, con la memoria del pasado, con la esperanza en el futuro.
Aquí, nosotros, cegados por nuestro pertinaz etnocentrismo, exacerbamos su carencia de libertad - poligamia, religiones ajenas, costumbres ancestrales- mientras asumimos la nuestra como un mal inevitable.
Aquí, nosotros, esclavos de nuestros contratos hipotecarios, esclavos de nuestros contratos laborales, esclavos de nuestro consumismo desorbitado ¿somos, acaso, más libres que aquellos que juzgamos, tal vez con razón, como oprimidos?
Aquí, nosotros, dueños de casi todo excepto del tiempo, devoramos miles y miles de imágenes de “otros mundos”, pero tenemos la obligación moral de observarlas, de traspasar su dimensión estética, de utilizarlas para comprender quiénes realmente somos. Quizás descubramos que esos “otros mundos” no son tal.
Ésta es la historia de un viaje inútil: nada de lo que vi me fue esencialmente extraño pero, parafraseando a Celaya, mantengo la esperanza de que La Fotografía no sea sólo un lujo cultural consumido por neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
JORNADA 1: ADDIS ABEBA, UN TRANVÍA PARA LA ESPERANZA.
Situada a 2300 m. de altitud en el borde oeste del Gran Valle del Rift, con más de tres millones de habitantes censados, más una indeterminada cantidad de ellos que sobreviven en el limbo administrativo, Addis Abeba es una ciudad de enormes, a veces hirientes, contrastes.
El tranvía sobreelevado, recientemente construido por los chinos, atraviesa la ciudad como una enorme espina dorsal convirtiéndose, de paso, en una gran metáfora de la Etiopía de comienzos del siglo XXI: un tenso pulso entre pasado y futuro, entre pobreza y riqueza, entre la afirmación patriótica y el neocolonialismo económico.
Un tranvía, quizás, para la esperanza. VOLVER
JORNADA 2: ADDIS ABEBA, CENTRO Y PIAZZA
Grandes empresas nacionales e internacionales y edificios de envolvente acristalada de última generación, se dejan observar, como enormes islas lejanas, por niños, jóvenes y ancianos que sobreviven entre la cotidianidad de la miseria y la extrañeza de un mundo nuevo inalcanzable.
Como en cualquier gran metrópoli, en ninguna otra ciudad de Etiopía puede verse tal cantidad de desheredados. Queda poco espacio para el optimismo ante una historia mil veces repetida.
Como en una inmensa cebolla, capas y capas adyacentes extrañamente ajenas entre sí, se suceden cada pocos metros desde las calles repletas de joyerías de lujo hasta núcleos de humildes viviendas de chapa ondulada; y entre ellas, antiguas casonas de la breve época de la incursión italiana que a duras penas mantienen el aire colonial mezcla de miseria y dignidad.
Estamos en pleno Piazza, en pleno centro de Addis. VOLVER
JORNADA 3: ADDIS ABEBA, MERKATO
Entrar a Merkato, el mercado más grande del continente africano y núcleo socioeconómico de la capital, es hacer un viaje a la Addis de principios del siglo pasado.
Internarse en Merkato cámara en mano requiere, a pesar de la conocida hospitalidad etíope, una cierta dosis de sangre fría cuando no de temeridad; se siente la presión de las miradas por todos los costados.
En la estación seca, riachuelos de aguas fecales que ya a distancia avisan de su presencia con su inconfundible hedor, se deslizan por improvisados cauces hasta el río Bantyiketu que atraviesa la ciudad de norte a sur.
En la lluviosa, agua, mucha agua. El agua condiciona la vida diaria, lo envuelve todo y en su búsqueda del camino más fácil se ve obligada a transformarse en lodo maloliente mientras sortea miles de pisadas de toda condición: pies desnudos o en chancletas, zapatillas de media suela o zapatos de piel apenas ocultos bajo impecables pantalones de tergal, y entre todos ellos otras tantas ruedas salpicando y vaciando los enormes charcos por los que pasan.
Tullidos de todo tipo, prostitutas en chabolas que se ofrecen a los transeúntes junto a sus propios hijos, excrementos humanos que han visto la luz hace escasos segundos, basura de olor insoportable, ladrones, carteristas y pillastres de todo linaje que se mueven a sus anchas entre tenderetes y andamiajes imposibles esperando la ocasión para dar el zarpazo.
Rebaños de cabras compitiendo con un tráfico invasor de lujosos 4x4 , de autos desvencijados y de carros de tracción humana a partes iguales, parados de infinita duración que dejan pasar el tiempo envueltos en la leve euforia que les proporciona el qat, porteadores de volúmenes excesivos, ejecutivos de trajes iridiscentes y pobres misérrimos cuya vida transcurre literalmente a nivel de suelo.
Y entre todos ellos, por doquier, cientos de maniquíes blancos que, aún en su estática manera de vivir, soportan estoicamente, como una gran metáfora, las enormes contradicciones del mundo en el que han sido colocados. VOLVER
JORNADA 4: CRISTIANOS ORTODOXOS EN ADDIS ABEBA
La religión, cristiana ortodoxa o musulmana, está radicalmente presente en la vida pública y privada del pueblo etíope. Mezquitas, iglesias, sacerdotes ortodoxos, mujeres musulmanas con velo integral, genuflexiones y almuédanos de ambas religiones forman parte del paisaje urbano o rural.
Ancianos solitarios ayudados de su bastón dormitan a la sombra de enormes árboles centenarios mientras se dejan mecer por los salmos, lanzados al aire por potentes altavoces, que invaden el ambiente.
Jóvenes ingenieros impecablemente vestidos con su Apple al hombro, taxistas o camioneros se santiguan devotamente al pasar cerca de cualquier iglesia.
Madres y abuelas envueltas en sus túnicas blancas con sus bebés a la espalda o adolescentes solitarias elevan sus plegarias en la intimidad de algún rincón aislado.
Aunque no exenta de ciertas tensiones, sorprende y reconforta la convivencia pacífica entre ambas religiones en lo que constituye un hecho digno de ser imitado por el resto del mundo. VOLVER
JORNADA 5: UNA REVELADORA INJERA EN BAHAR DAR.
Cientos de “tuk tuks” se mueven frenéticamente por las avenidas que confluyen en el centro neurálgico de esta moderna ciudad, San George Church y embarcadero. Mientras tanto, decenas de lugareños dejan pasar el tiempo embelesados por el espectáculo único de este mar interior, lago Tana, contenido por riberas de papiro de límites inalcanzables.
Al alba, los primeros rayos solares se abren paso entre la bruma mientras los pescadores locales conducen sus “tankwas”, sus canoas de papiro, hacia el nacimiento del Nilo Azul. Cálaos, monos, hipopótamos y multitud de otras especies aportan, como ruido de fondo, un inesperado toque tropical en estas latitudes.
Bahar Dar no es sólo una moderna ciudad con calles pavimentadas y resorts de lujo para turistas adinerados; un simple cambio de perspectiva, un mínimo desvío de pocos metros en la dirección adecuada, permite adentrarse en mundos insospechados.
El sol dibuja sus últimas sombras sobre las abarrotadas calles del centro; cinco chicas musulmanas entran con su amigo ortodoxo en alguno de los muchos restaurantes de la zona. Acto seguido, desde una altura no superior al medio metro, un hombre mira al frente intentando descubrir la posición exacta de alguna mesa libre. Se mueve balanceando su cuerpo mientras se apoya en sus manos enfundadas en unas katiuskas y, alternativamente, en sus nalgas; las piernas en su conjunto forman una especie de apéndices inservibles.
En cualquier restaurante de nuestra idolatrada sociedad occidental, los clientes se sentirían, quiero ser generoso, visiblemente incomodados por su presencia y los camareros en perfecta empatía con ellos no dudarían en impedir que el mendigo alcanzara siquiera el umbral de la puerta.
Pero aquí en Bahar Dar, en el núcleo amhara de los cristianos ortodoxos, el comensal se coloca al lado de la única mesa libre mientras el camarero sonriente y servicial lo levanta a pulso, lo coloca sobre la silla, le trae una palangana para que se lave las manos y le sirve al fin una abundante injera, cerveza incluida, que desaparecen en escasos minutos.
Sin solución de continuidad, una vez depositado nuevamente en el suelo, se enfunda sus katiuskas y se aleja a balanceo rápido; es necesario seguir trabajando.
Ayer recibió algunos birrs de otros comensales, hoy paga la casa. VOLVER
JORNADA 6 : ZÉGE
Como cada mañana, la neblina matutina envuelve ligeramente la península de Zége. Cubierta por una espesa vegetación donde abunda el café silvestre; hábitat natural de multitud de especies tropicales es el lugar de asentamiento de uno de los más impresionantes monasterios de los alrededores: Ura Kidane Mehret.
En él, monjes ortodoxos, absortos en sus interminables plegarias de tradición centenaria, compiten en estaticidad y colorido con las escenas bíblicas profusamente representadas en su interior.
Y a la entrada de la península, en el poblado que le da nombre, decenas de mujeres, hombres y niños celebran su mercado semanal como lo hicieran sus antepasados siglos atrás. Llegan por caminos polvorientos transportando sus variopintas cargas y ofrecen su exigua mercancía mientras esperan con paciencia secular el ocaso del día.
Un impresionante “wárka” que se recorta sobre el cielo, protege sus minúsculas siluetas del agresivo sol, remarcando aún más si cabe su carácter de totémico protector. VOLVER
JORNADA 7: EN LA TRASTIENDA DE BAHAR DAR
No hablan inglés como la gran mayoría de jóvenes etíopes. No saben de España, de Madrid, de Barcelona-Messi. Viven como ascetas de otro tiempo pero utilizan móviles que no dudan en utilizar para robar una foto al tiempo que se sonrojan si son sorprendidos en tan alta traición.
Su apartado mundo gira en torno al aprendizaje del Nuevo y Antiguo Testamento escritos en ge´ez, lengua primitiva emparentada con el amhárico pero de uso exclusivamente litúrgico.
Aquí, en la trastienda de Bahar Dar, las escuelas religiosas de centenaria tradición acogen a cientos de niños y adolescentes en comunidades tan cohesionadas como aisladas en medio de un entorno natural exuberante.
En sus minúsculas chozas de adobe y papiro dispuestas ordenadamente en círculo alrededor de una zona común y con la escasa luz de los rayos solares que se cuelan por las rendijas, pasan horas, días y años recitando y memorizando salmos y cánticos religiosos.
Sus miradas curiosas, ingenuas, cristalinas, dejan huella evocando, ya desde el primer instante, el mito Rousseauniano. VOLVER
JORNADA 8: LALIBELA
Desde cientos de km y a lo largo de días, semanas y hasta meses, cientos, miles de peregrinos acuden a Lalibela con motivo de la Genna, la Navidad Etíope.
Recibidos piadosamente por los lugareños con comida y lavado de pies, se acomodan en las faldas de la montaña junto al conjunto, único en el mundo, de iglesias monolíticas excavadas en roca roja a 2450 mts de altitud.
Cientos de túnicas, impecablemente blancas, otorgan un aire de dignidad al ambiente y a quienes acumulan tantísimas jornadas y cansancio sobre sus agrietados pies.
Su origen humilde y rural les proporciona una primitiva cercanía e ingenuidad capaz de romper cualquier barrera idiomática; y la enorme intensidad con la que viven sus creencias religiosas hace imposible permanecer emocionalmente indiferente ante ellos. VOLVER
JORNADA 9: EL SERMÓN DE LA MONTAÑA
Amanece en San Giorgis. Mientras las primeras luces ocultan progresivamente la infinidad de estrellas del impoluto firmamento, olivos centenarios se transforman en improvisados retiros donde ancianos solitarios elevan sus salmos o en cobijos naturales donde familias enteras se preparan para la liturgia final.
Sin solución de continuidad, el perfil cada vez más visible de la montaña se va poblando de minúsculas siluetas que pugnan por acercarse al mismo cielo al que elevan sus oraciones; pies destrozados, estómagos vacíos, túnicas blancas o del color de la tierra que llevan meses limpiando se funden en una liturgia de salmos y cánticos que se repiten sin cesar.
En el fondo del valle, el río Jordán, de insoslayables resonancias bíblicas, da fe del espectáculo cientos de veces repetido.
Lalibela no es sólo un extraordinario conjunto de iglesias monolíticas, de túneles, de pasadizos. Lalibela no es sólo una vívida expresión de hospitalidad, de vida en comunidad, de religiosidad. Lalibela, la Jerusalén africana, es una auténtica trasposición a los comienzos de nuestra era. VOLVER
JORNADA 10: ARBA MINCH Y LAS PORTEADORAS.
Circular por las carreteras etíopes puede ser algo tan divertido como acongojante. El concepto de izquierda y derecha debió perderse el mismo día en que apareció el ganado que sorteado de manera tan paciente como temeraria, circula por la carretera sintiéndose, junto a sus pastores, dueño del territorio.
Innumerables paradas para comer, para mascar qat (conductor incluido) o para satisfacer todo tipo de necesidades, son las responsables de las diez interminables horas que separan Addis Abeba de Arba Minch.
Arba Minch es pura África. Salir de su estación de autobuses es sumergirse en un mundo de caos, bullicio y desorientación. Arba Minch está, como el resto del país, en construcción; edificios, puentes, carreteras, calles, plazas... y en todos ellos chicas jóvenes de todas las etnias acarrean en improvisadas parihuelas materiales de construcción ante la indiferente mirada de decenas de jóvenes –chicos- cuya única ocupación es deambular sin rumbo en busca de algún incauto “faranji” al que ofrecérsele como guía hasta algún remoto lugar del sur del país.
Cae la tarde en Arba y una inmensa y global nube de polvo levantada por decenas de motos chinas, "tuk-tuks" indios y camiones de gran tonelaje se apodera del ambiente; pero acaba por desvaneciéndose frente a la interminable, matemática y dolorosa rutina de decenas de mujeres y niñas porteadoras que ascienden desde el amplio cauce del río Kulfo hacia la parte alta de Sikela, completando así un recorrido cercano a la docena de km diarios por un sueldo de 50 miserables birrs (aprox. 2 euros).
Sus pasos lentos y de exacta frecuencia, su tronco casi horizontal sobre el que depositan sus pesadas cargas de madera desbrozada, sus brazos colgantes exentos ya de todo resquicio de fuerza, sus gestos de dolorosa resignación y su mirada fija en el sitio exacto donde colocarán su próxima pisada en un suelo irregular y traidor, son imágenes y sensaciones difíciles de borrar. Y cuando parece que lo único que pueden hacer es perpetuar esa monótona rutina, aún sacan fuerzas de sus entrañas para responder educadamente con una reverencia y una sincera sonrisa al “selam” que les dirijo en señal de respeto y admiración.
Sin solución de continuidad, con un alumbrado público casi inexistente, la ciudad se vuelve fantasmagórica. Desde la plaza central de Sikela, entre el polvo fugazmente iluminado por algún vehículo, aún se distinguen las últimas siluetas camino de un camastro donde unas escasas horas de descanso serán la ineludible condición para un mañana de sobra conocido. VOLVER
JORNADA 11: MERCADO EN KEY AFER
Se acercan con parsimonia al tradicional punto de encuentro. Hoy es día de mercado en Key Afer, Tierra Roja en amhárico.
Desde el alba, hamer, banna, tsmay y ari acarrean, desde decenas de km, productos de todo tipo: frutas, verduras, abalorios, leña… y ganado, la riqueza fundamental de estas etnias. El mercado es un acto social que vertebra su vida, es lugar de intercambio, es punto de encuentro, es la ocasión ideal para departir con conocidos y familiares que habitan, tal vez, a varios días de distancia.
Key Afer, roja y polvorienta, rezuma vida por los cuatro costados; incluso en las horas centrales del día, donde el sol invita a permanecer bajo las acacias, hombres, mujeres y niños deambulan sin rumbo aparente pero con propósitos bien definidos.
Con el sol a punto de cerrar su ciclo diario todo se vuelve más festivo. La bebida local, cientos de litros a base de miel y sorgo fermentados, comienza a apoderarse, entre risas, bromas y conatos de peleas, de oscuros y lúgubres locales inundados a partes iguales por el olor dulzón del propio brebaje y del sudor acumulado.
En el ocaso, decenas de seres con la sonrisa perdida en el limbo del alcohol zigzaguean por las rojas calles de Key Afer en busca de un tuk tuk que los devuelva a sus chozas de paja o adobe.
Es noche cerrada en Key Afer, las últimas siluetas se recortan en el manto estrellado mientras resuenan aún las risas que las transportarán hasta el amanecer siguiente. VOLVER
JORNADA 12 : LA FAMILIA DE JINKA SHELLO
Wantó, como el resto de los Banna, desconoce su edad; aislada en la sabana en un lugar con resonancias míticas, Saba, vive apaciblemente con su marido, sus numerosos hijos, su plantación de sorgo y su honda a la que llama “rosso”.
A pocos km de distancia, Wado Gaya prepara una inyección para su ganado, víctima de la mortífera mosca tsé tsé, mientras su mujer Jinka Shello, ayudada por alguno de sus seis hijos, prepara una infusión a base de cáscara de café en un rudimentario fuego de campamento.
El pueblo Banna se encuentra diseminado por los montañosos alrededores de Key Afer. Aquí, familias aisladas viven en sintonía con un entorno del que obtienen todo lo que necesitan. Ganado, miel, maíz, sorgo, guindillas, café, plantas silvestres, vestidos de piel curtida de su propio ganado, pulseras y brazaletes de cuentas multicolor, calabazas, ollas de barro, “borkotos” (el tradicional asiento/reposacabezas de madera de todo el Este africano), rudimentarios cuchillos a los que llaman alfas, hondas y kalashnikovs dan forma a su apartado mundo.
Los Banna, sin embargo, no desprecian nada que les venga del exterior: los muy útiles bidones de plástico o alguna irrelevante caja de “mastika” -chicles- pueden ser objeto de largas, incluso enconadas, negociaciones.
Para los Banna, que practican una economía de mera subsistencia, las mujeres, al igual que las cabezas de ganado, son una cuestión de riqueza: cada mujer aporta a la familia su propio trabajo y el de sus hijos.
Los Banna no son animistas, se encomiendan individualmente, sin ceremonias, a su único dios “Bar-Yo” y la poligamia es frecuente entre ellos.
Pero la poligamia, cuestiones crematísticas aparte, se fundamenta en razones más profundas que, aunque aceptadas socialmente por todos, son fuente de enfrentamientos personales y, paradójicamente, garantizan su perpetuación. La poligamia concede al marido un dominio absoluto sobre la familia, pues cada una de las esposas, en estricta competencia con el resto, procura ganarse el favor de éste, asumiendo y fomentando sus roles de proveedora - cultivando, pastoreando y acarreando- y de procreadora, encadenando un embarazo tras otro a lo largo de su vida fértil.
Aquí, en Saba, Jinka ve fluir la vida de manera certera y apacible, sabedora de que su fortaleza no estriba tanto en los bienes materiales que atesora como en sus sólidos vínculos sociales. VOLVER
JORNADA 13: EL CLAN DE TIFA DABO
Hoy es un día especial para Tifa Dabo, jefe de un clan banna; uno de sus hijos adolescentes deberá celebrar su ceremonia de iniciación, su paso a la edad adulta.
Tifa es un hombre rico, sus tres mujeres Hailo, Faka y Barki, sus 19 hijos, un considerable número de cabezas de ganado, una pluma ceremonial y un espejo, que guarda como un verdadero tesoro, dan fe de ello.
Desde el amanecer, los jóvenes solteros se reúnen en torno a calabazas llenas de sorgo fermentado; ríen, bromean y afilan sus alfas enfundadas en rudimentarias fundas de cuero decoradas con cuentas multicolor.
Mientras tanto, mujeres y niños se afanan en acarrear leña y agua o en preparar la comida a base de plantas silvestres como el “kadi” recogidas in situ de los alrededores.
Pero las auténticas protagonistas, las que llenan el lugar con su presencia, son las jóvenes casaderas que, ataviadas con sus mejores adornos de cuentas y sus tobilleras de cascabel, cantarán y bailarán al ritmo de rudimentarias sordinas hasta el ocaso.
Hacia el mediodía, desde todos los puntos cardinales se van acercando de forma pausada y expectante nuevos grupos familiares que esperarán pacientemente a una distancia prudencial hasta que una numerosa comitiva se les acerque para ofrecerles, en señal de bienvenida, el terráceo brebaje transportado en las omnipresentes calabazas. El clan completo empieza a ser visible.
Sin solución de continuidad un nutrido grupo de niños pequeños decorados con pinturas faciales son conducidos, entre temerosos y expectantes, hacia un tenderete provisto de techo y alfombra vegetales recién cortados, allí saborearán el brebaje del clan y quizás por primera vez conocerán los secretos de la doble visión.
Mientras tanto, una de las jóvenes hijas de Tifa decorada igualmente con pinturas faciales busca denodadamente un joven provisto de un manojo de mimbres; tiene el privilegio de escoger la mimbre con la que quiere ser fustigada y demostrar con un salto hacia delante, pecho contra pecho, cuán dispuesta está a soportar la durísima carga que le espera si es finalmente aceptada por su pretendiente. Sus cicatrices en la espalda, en no pocas ocasiones sangrantes, dan fe de su valentía y sometimiento a la tradición.
Cae la tarde en Yinya, mientras la mayoría de los jóvenes reunidos en un imperfecto semicírculo danzan y saltan en dura competición, Ischo, el hijo adolescente de Tifa, demostrará al clan y a sí mismo su mayoría de edad. Completamente desnudo sorteará en ambos sentidos los catorce inestables y escurridizos lomos de otros tantos toros que él mismo ha pastoreado desde que aprendió a andar.
Millones de estrellas se asoman ya a las montañas de Yinya. Los ecos cada vez más lejanos de los monótonos cánticos ponen punto y final a una ceremonia mil veces repetida desde tiempos inmemoriales. VOLVER
TUBABUS Y FATAFIUS
I.- KANDIO MANÉ
Soy Kandio, de la familia Mané, mandinga, negro.
Mis antepasados, mandingas desde el principio de los tiempos, sirvieron como esclavos para vosotros los blancos, los “tubabus”.
A pesar de mi apariencia soy un hombre afortunado, poseo todo lo que necesito: techo para cobijarme, cuatro mujeres -Kadi, Aminata, Nhama y Famata que me han dado 30 hijos- que cultivan arroz en nuestras “bolañas”, leche del ganado que mis hijos pastorean y agua que mis hijas acarrean desde los manantiales y pozos del poblado.
Apenas tengo nada más. Excepto el orgullo de ser mandinga.
Ahora algunos de los nuestros están entre vosotros y, en la mayoría de los casos, no son para vosotros más que negros. Mano de obra barata o clandestina.
Vosotros, los “tubabus”, habéis aprendido muchas cosas importantes como el manejo del agua y de la luz eléctrica, pero se os han olvidado otras tantas.
Nosotros los mandingas, los “fatafius”, tenemos Nombre y cada Nombre encierra una historia.
Ahora, que te he dado a conocer mi Nombre, estás obligado a no olvidarme. VOLVER
II.- CAMBODA FATI
Camboda Fati es un superviviente. Sobrevivió en la niñez a la viruela, a un par de conflictos bélicos y en la actualidad sobrevive día a día a la pobreza estructural de la que está rodeado.
La vida del poblado gira en torno a él como único celador de la bomba de agua. Cada madrugada y cada atardecer abre el candado para que las mujeres del poblado (sólo las que pueden aportar unos céntimos para el mantenimiento de la instalación) puedan hacerse con el agua necesaria para la colada, el aseo y la comida de las familias. El resto deberán acarrear el preciado líquido desde algún manantial cercano. En ambos casos sorprende comprobar que, a pesar del inconmensurable esfuerzo y tiempo dedicados a tal menester, son los momentos donde la vida palpita con mayor intensidad.
Pero Camboda no es el único superviviente; el resto del poblado deja transcurrir el día, los años, teñidos de una extraordinaria cotidianeidad -aderezada a partes iguales por el solaz a la sombra de una exuberante vegetación tropical , el chismorreo y la oración -interrumpida de tarde en tarde- por algún viaje a la ciudad más cercana, Bafatá, para comprar ropa o alguna medicina.
En Gambasse, todos son supervivientes a las despiadadas fuerzas de un destino que ni eligieron al nacer, ni podrán, con sus escasos recursos, doblegar. VOLVER
III.- RAMOLI CAMARÁ
Podría haber nacido en el país de los “tubabus” pero nací aquí, en el poblado mandinga de Gambasse, en Guinea Bissau, en África. De madrugada, María Mané la matrona, empapada en sudor, cruzó el poblado en medio de una enorme tormenta de lluvia y estiró de mí. Poco después mi madre Sirene, me colocó en el único camastro de la casa envuelto en una gran sábana. Ese mes de agosto las gentes de mi poblado estaban alteradas por la llegada de un grupo de “tubabus”, por eso mi padre Nansu, pensando en alguno de ellos, me puso de nombre Ramoli.
A los “tubabus” se los distingue a primera vista: tienen la piel completamente blanca y siempre se les ve preocupados por los animales de la selva.
En mi poblado me siento seguro; todos cuidarán de mí. Mientras sea niño pasaré los días acarreando agua y jugando con los demás niños, y cuando sea mayor podré ayudar a mi padre a arreglar alguna de las bicicletas que pasan por aquí o ser pastor del rebaño de vacas de Kandio y beber alguna vez su leche mientras las ordeño.
Podría haber nacido en el país de los “tubabus” pero lo cierto es que nací aquí, y los únicos animales que me dan miedo son los mosquitos; muchos niños morirán por su picadura y yo no sé si seré uno de ellos. VOLVER