TUBABUS Y FATAFIUS [2012]

 

I.- KANDIO MANÉ

Soy Kandio, de la familia Mané, mandinga, negro.


Mis antepasados, mandingas desde el principio de los tiempos, sirvieron como esclavos para vosotros los blancos, los “tubabus”.

A pesar de mi apariencia soy un hombre afortunado, poseo todo lo que necesito: techo para cobijarme, cuatro mujeres -Kadi, Aminata, Nhama y Famata que me han dado 30 hijos- que cultivan arroz en nuestras “bolañas”, leche del ganado que mis hijos pastorean y agua que mis hijas acarrean desde los manantiales y pozos del poblado.

Apenas tengo nada más. Excepto el orgullo de ser mandinga.

Ahora algunos de los nuestros están entre vosotros y, en la mayoría de los casos, no son para vosotros más que negros. Mano de obra barata o clandestina.

Vosotros, los “tubabus”, habéis aprendido muchas cosas importantes como el manejo del agua y de la luz eléctrica, pero se os han olvidado otras tantas.
Nosotros los mandingas, los “fatafius”, tenemos Nombre y cada Nombre encierra una historia.

Ahora, que te he dado a conocer mi Nombre, estás obligado a no olvidarme

II.- CAMBODA FATI

Camboda Fati es un superviviente. Sobrevivió en la niñez a la viruela, a un par de conflictos bélicos y en la actualidad sobrevive día a día a la pobreza estructural de la que está rodeado.


La vida del poblado gira en torno a él como único celador de la bomba de agua. Cada madrugada y cada atardecer abre el candado para que las mujeres del poblado (sólo las que pueden aportar unos céntimos para el mantenimiento de la instalación) puedan hacerse con el agua necesaria para la colada, el aseo y la comida de las familias. El resto deberán acarrear el preciado líquido desde algún manantial cercano. En ambos casos sorprende comprobar que, a pesar del inconmensurable esfuerzo y tiempo dedicados a tal menester, son los momentos donde la vida palpita con mayor intensidad.

Pero Camboda no es el único superviviente; el resto del poblado deja transcurrir el día, los años, teñidos de una extraordinaria cotidianeidad -aderezada a partes iguales por el solaz a la sombra de una exuberante vegetación tropical , el chismorreo y la oración -interrumpida de tarde en tarde- por algún viaje a la ciudad más cercana, Bafatá, para comprar ropa o alguna medicina.

En Gambasse, todos son supervivientes a las despiadadas fuerzas de un destino que ni eligieron al nacer, ni podrán, con sus escasos recursos, doblegar.

 

III.- RAMOLI CAMARÁ

Podría haber nacido en el país de los “tubabus” pero nací aquí, en el poblado mandinga de Gambasse, en Guinea Bissau, en África. De madrugada, María Mané la matrona, empapada en sudor, cruzó el poblado en medio de una enorme tormenta de lluvia y estiró de mí. Poco después mi madre Sirene, me colocó en el único camastro de la casa envuelto en una gran sábana. Ese mes de agosto las gentes de mi poblado estaban alteradas por la llegada de un grupo de “tubabus”, por eso mi padre Nansu, pensando en alguno de ellos, me puso de nombre Ramoli.


A los “tubabus” se los distingue a primera vista: tienen la piel completamente blanca y siempre se les ve preocupados por los animales de la selva.

En mi poblado me siento seguro; todos cuidarán de mí. Mientras sea niño pasaré los días acarreando agua y jugando con los demás niños, y cuando sea mayor podré ayudar a mi padre a arreglar alguna de las bicicletas que pasan por aquí o ser pastor del rebaño de vacas de Kandio y beber alguna vez su leche mientras las ordeño.

Podría haber nacido en el país de los “tubabus” pero lo cierto es que nací aquí, y los únicos animales que me dan miedo son los mosquitos; muchos niños morirán por su picadura y yo no sé si seré uno de ellos.

 
 
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