DIARIOS ABISINIOS.   [2017]  

 

JORNADA 1: ADDIS ABEBA, UN TRANVÍA PARA LA ESPERANZA.

 

Situada a 2300 m. de altitud en el borde oeste del Gran Valle del Rift, con más de tres millones de habitantes censados, más una indeterminada cantidad de ellos que sobreviven en el limbo administrativo, Addis Abeba es una ciudad de enormes, a veces hirientes,  contrastes.

El tranvía sobreelevado, recientemente construido por los chinos, atraviesa la ciudad  como una enorme espina dorsal convirtiéndose,  de paso,  en una gran metáfora de la Etiopía de comienzos del siglo XXI: un tenso pulso  entre pasado y futuro, entre pobreza y riqueza,  entre la afirmación patriótica y el neocolonialismo económico.

Un tranvía, quizás, para la  esperanza.

 

JORNADA 2: ADDIS ABEBA, CENTRO Y PIAZZA

 

Grandes empresas nacionales e internacionales y edificios de envolvente acristalada de última generación, se dejan observar, como enormes islas lejanas, por niños, jóvenes y ancianos que sobreviven entre la cotidianidad de la  miseria y la extrañeza de un mundo nuevo inalcanzable.

Como en cualquier gran metrópoli, en ninguna otra ciudad de Etiopía puede verse tal cantidad de desheredados. Queda poco espacio para el optimismo ante una historia mil veces repetida.

Como en una inmensa cebolla, capas y capas adyacentes extrañamente ajenas entre sí, se suceden cada pocos metros desde las calles repletas de joyerías de lujo hasta núcleos  de humildes viviendas de chapa ondulada; y entre ellas, antiguas casonas de la breve época de la incursión italiana que a duras penas mantienen el aire colonial mezcla de miseria y dignidad.

Estamos en pleno Piazza, en pleno centro de Addis.

 

JORNADA 3: ADDIS ABEBA, MERKATO

 

Entrar a Merkato, el mercado más grande del continente africano y núcleo socioeconómico de la capital, es hacer un viaje a la Addis de principios del siglo pasado.

Internarse en Merkato cámara en mano requiere, a pesar de la conocida hospitalidad etíope, una cierta dosis de sangre fría cuando no de temeridad; se siente la presión de las miradas por todos los costados.

En la estación seca, riachuelos de aguas fecales que ya a distancia avisan de su presencia con su inconfundible hedor, se deslizan por improvisados cauces  hasta el río Bantyiketu que atraviesa la ciudad de norte a sur.

En la lluviosa, agua, mucha agua. El agua condiciona la vida diaria, lo envuelve todo y en su búsqueda del camino más fácil se ve obligada a transformarse en lodo maloliente mientras sortea miles de pisadas de toda condición: pies desnudos o en chancletas, zapatillas de media suela o zapatos de piel apenas ocultos bajo impecables pantalones de tergal, y entre todos ellos otras tantas ruedas salpicando y vaciando los enormes charcos por los que pasan.

 

Tullidos de todo tipo, prostitutas en chabolas que se ofrecen a los transeúntes junto a sus propios hijos, excrementos humanos que han visto la luz hace escasos segundos, basura de olor insoportable, ladrones, carteristas y pillastres de todo linaje que se mueven a sus anchas entre tenderetes y andamiajes imposibles esperando la ocasión para dar el zarpazo.

Rebaños de cabras compitiendo con un tráfico invasor de lujosos 4x4 , de autos desvencijados y de carros de tracción humana a partes iguales, parados de infinita duración que dejan pasar el tiempo envueltos en la leve euforia que les proporciona el qat, porteadores de volúmenes excesivos, ejecutivos de trajes iridiscentes y pobres misérrimos cuya vida transcurre literalmente a nivel de suelo.

 

Y entre todos ellos, por doquier, cientos de maniquíes blancos  que,  aún en su estática manera de vivir, soportan estoicamente, como una gran metáfora, las enormes  contradicciones del mundo en el que han sido colocados.

 

JORNADA 4: CRISTIANOS ORTODOXOS EN ADDIS ABEBA

La religión, cristiana ortodoxa o musulmana,  está radicalmente presente en la vida pública y privada del pueblo etíope. Mezquitas, iglesias, sacerdotes ortodoxos, mujeres musulmanas con velo integral, genuflexiones y almuédanos de ambas religiones forman parte del paisaje urbano o rural.

Ancianos solitarios ayudados de su bastón dormitan a la sombra de enormes árboles centenarios mientras se dejan mecer por los salmos, lanzados al aire por potentes altavoces, que invaden el ambiente.

Jóvenes ingenieros impecablemente vestidos con su Apple al hombro, taxistas o camioneros se santiguan devotamente al pasar cerca de cualquier iglesia.

Madres y abuelas envueltas en sus túnicas blancas con sus bebés a la espalda o adolescentes solitarias elevan sus plegarias en la intimidad de  algún rincón aislado.

Aunque no exenta de ciertas tensiones, sorprende y reconforta la convivencia pacífica entre ambas religiones en lo que constituye un hecho digno de ser imitado por el resto del mundo.

 

JORNADA 5: UNA REVELADORA INJERA EN BAHAR DAR.

 

Cientos de “tuk tuks” se mueven frenéticamente por las avenidas que confluyen en el centro neurálgico de esta moderna ciudad, San George Church y embarcadero. Mientras tanto, decenas de lugareños dejan pasar el tiempo embelesados por el espectáculo único de este mar interior, lago Tana, contenido por riberas de papiro de límites inalcanzables.

Al alba, los primeros rayos solares se abren paso entre la bruma mientras los pescadores locales conducen sus  “tankwas”, sus canoas de papiro, hacia el nacimiento del Nilo Azul. Cálaos, monos, hipopótamos y multitud de otras especies aportan, como ruido de fondo, un inesperado toque tropical en estas latitudes.

 

Bahar Dar no es sólo una moderna ciudad con calles pavimentadas y resorts de lujo  para turistas adinerados; un simple cambio de perspectiva, un mínimo desvío de pocos metros en la dirección adecuada, permite adentrarse en mundos insospechados.

El sol dibuja sus últimas sombras sobre las abarrotadas calles del centro; cinco chicas musulmanas entran con su amigo ortodoxo en alguno de los muchos restaurantes de la zona. Acto seguido, desde una altura no superior al medio metro, un hombre mira al frente intentando descubrir la posición exacta de alguna mesa libre. Se mueve  balanceando su cuerpo mientras se apoya en sus manos enfundadas en unas katiuskas y, alternativamente, en sus nalgas; las piernas en su conjunto forman una especie de apéndices inservibles.

En cualquier restaurante de nuestra idolatrada sociedad occidental, los clientes se sentirían, quiero ser generoso, visiblemente incomodados por su presencia y los camareros en perfecta empatía con ellos no dudarían en impedir  que el mendigo  alcanzara siquiera el umbral de la puerta.

Pero aquí en Bahar Dar, en el núcleo  amhara  de los  cristianos  ortodoxos,  el comensal  se coloca al lado de la única mesa libre mientras el camarero sonriente y servicial lo levanta a pulso, lo coloca sobre la silla, le trae una palangana para que se lave las manos y le sirve al fin una abundante injera, cerveza incluida, que desaparecen en escasos minutos.

Sin solución de continuidad, una vez depositado nuevamente en el suelo, se enfunda sus katiuskas y se aleja a balanceo rápido; es necesario seguir trabajando.

 

Ayer recibió algunos birrs de otros comensales, hoy paga la casa.

 

JORNADA 6 :  ZÉGE

 

Como cada mañana, la neblina matutina envuelve ligeramente  la península de Zége. Cubierta por una espesa vegetación donde abunda el café silvestre; hábitat natural de multitud de especies tropicales es el lugar de asentamiento de uno de los más impresionantes monasterios de los alrededores: Ura Kidane Mehret.

En él, monjes ortodoxos, absortos en sus interminables plegarias de tradición centenaria, compiten en estaticidad  y colorido con las escenas bíblicas profusamente representadas en su interior.

Y a la entrada de la península,  en el poblado que le da nombre,  decenas de mujeres, hombres y niños celebran su mercado semanal  como lo hicieran sus antepasados siglos atrás. Llegan por caminos polvorientos transportando sus variopintas cargas y ofrecen su exigua mercancía mientras esperan con paciencia secular el ocaso del día.

Un impresionante “wárka” que se recorta sobre el cielo, protege sus minúsculas siluetas del agresivo sol, remarcando  aún más si cabe su carácter de totémico protector.

 

JORNADA 7: EN LA TRASTIENDA DE BAHAR DAR

 

No hablan inglés como la gran mayoría de jóvenes etíopes. No saben de España, de Madrid, de Barcelona-Messi. Viven como ascetas de otro tiempo pero utilizan móviles que no dudan en utilizar para robar una foto al tiempo que se sonrojan si son sorprendidos en tan alta traición.

Su apartado mundo gira en torno al aprendizaje  del Nuevo y Antiguo Testamento escritos en ge´ez, lengua primitiva emparentada con el amhárico pero de uso exclusivamente litúrgico.

Aquí, en la trastienda de Bahar Dar, las escuelas religiosas de centenaria tradición acogen a cientos de niños y adolescentes en comunidades  tan cohesionadas  como aisladas en medio de un entorno natural exuberante.

En sus minúsculas chozas de adobe y papiro dispuestas ordenadamente en círculo alrededor de una zona común y con la escasa luz de los rayos solares que se cuelan por las rendijas, pasan horas, días y años recitando y memorizando salmos y cánticos religiosos.

Sus miradas curiosas, ingenuas, cristalinas, dejan huella evocando, ya desde el primer instante,  el mito Rousseauniano.

 

JORNADA 8: LALIBELA

 

Desde cientos de km y a lo largo de días, semanas y hasta meses, cientos, miles de peregrinos acuden a Lalibela con motivo de la Genna, la Navidad Etíope.

Recibidos piadosamente por los lugareños con comida y lavado de pies, se acomodan en las faldas de la montaña junto al conjunto, único en el mundo, de iglesias monolíticas excavadas en roca roja a 2450 mts de altitud.

Cientos de túnicas, impecablemente blancas, otorgan un aire de dignidad al ambiente y a quienes acumulan tantísimas jornadas y cansancio sobre sus agrietados pies.

Su origen humilde y rural les proporciona  una primitiva cercanía e ingenuidad capaz de romper cualquier barrera idiomática; y la enorme intensidad con la que viven sus creencias religiosas hace imposible permanecer emocionalmente indiferente ante ellos.

 

JORNADA 9: EL SERMÓN DE LA MONTAÑA

 

Amanece en San Giorgis. Mientras las primeras luces ocultan progresivamente la infinidad de estrellas del impoluto firmamento, olivos centenarios se transforman en improvisados retiros donde ancianos solitarios elevan  sus salmos o en cobijos naturales donde familias enteras se preparan para la liturgia final.

Sin solución de continuidad, el perfil cada vez más visible de la montaña se va poblando de minúsculas siluetas que pugnan por acercarse al mismo cielo al que elevan sus oraciones; pies destrozados, estómagos vacíos, túnicas blancas o del color de la tierra que llevan meses limpiando se funden en una liturgia de salmos y cánticos que se repiten sin cesar.

En el fondo del valle, el río Jordán, de insoslayables resonancias bíblicas, da fe del espectáculo cientos de  veces repetido.

Lalibela  no es sólo un extraordinario conjunto de iglesias monolíticas, de túneles, de pasadizos. Lalibela no es sólo una vívida expresión de hospitalidad, de vida en comunidad,  de religiosidad. Lalibela, la Jerusalén africana, es una auténtica trasposición a los comienzos de nuestra era.

  

JORNADA 10: ARBA MINCH Y LAS PORTEADORAS.

 

Circular por las carreteras etíopes puede ser algo tan divertido como acongojante. El concepto de izquierda y derecha debió perderse el mismo día en que apareció el ganado que sorteado de manera tan paciente como temeraria, circula por la carretera sintiéndose, junto a sus pastores, dueño del territorio.

Innumerables paradas para comer, para mascar qat (conductor incluido) o para satisfacer todo tipo de necesidades, son las responsables de las diez  interminables horas que separan Addis Abeba de Arba Minch.

Arba Minch es pura África. Salir de su estación de autobuses es sumergirse en un mundo de caos, bullicio y desorientación. Arba Minch está, como el resto del país, en construcción; edificios, puentes, carreteras, calles, plazas... y en todos ellos  chicas jóvenes de todas las etnias acarrean en improvisadas parihuelas materiales de construcción ante la indiferente mirada de decenas de jóvenes –chicos- cuya única ocupación es deambular sin rumbo en busca de algún incauto “faranji” al que ofrecérsele como guía hasta algún remoto lugar del sur del país.

Cae la tarde en Arba y una inmensa y global nube de polvo levantada por decenas de motos chinas, "tuk-tuks" indios y camiones de gran tonelaje se apodera del ambiente; pero acaba por desvaneciéndose frente a la interminable, matemática y dolorosa rutina de decenas de mujeres y niñas porteadoras que ascienden desde el amplio cauce del río Kulfo hacia la parte alta de Sikela, completando así un recorrido cercano a la docena de km  diarios por un sueldo de 50 miserables birrs (aprox. 2 euros).

Sus pasos lentos y de exacta frecuencia, su tronco casi horizontal sobre el que depositan sus pesadas cargas de madera desbrozada, sus brazos colgantes exentos ya de todo resquicio de fuerza, sus gestos de dolorosa resignación y su mirada fija en el sitio exacto donde colocarán su próxima pisada en un suelo irregular y traidor, son imágenes y sensaciones difíciles de borrar. Y cuando parece que lo único que pueden hacer es perpetuar esa monótona rutina, aún sacan fuerzas de sus entrañas para responder educadamente con una reverencia y una sincera sonrisa al “selam” que les dirijo en señal de  respeto y admiración.

Sin solución de continuidad, con un alumbrado público casi inexistente, la ciudad  se vuelve fantasmagórica. Desde la plaza central de Sikela, entre el polvo fugazmente iluminado por algún vehículo, aún se distinguen las últimas siluetas camino de un camastro donde unas escasas horas de descanso serán la ineludible condición para un mañana de sobra conocido.

  

JORNADA 11: MERCADO EN KEY AFER

 

Se acercan con parsimonia al tradicional punto de encuentro. Hoy es día de mercado en Key Afer, Tierra Roja en amhárico.

Desde el alba, hamer, banna, tsmay y ari acarrean, desde decenas de km, productos de todo tipo: frutas, verduras, abalorios, leña…  y ganado, la riqueza fundamental de estas etnias. El mercado es un acto social que vertebra su vida, es lugar de intercambio, es punto de encuentro, es la ocasión ideal para departir con conocidos y  familiares que habitan, tal vez, a varios días de distancia.

Key Afer, roja y polvorienta, rezuma vida por los cuatro costados; incluso en las horas centrales del día, donde el sol invita a permanecer bajo las acacias, hombres, mujeres y niños deambulan sin rumbo aparente pero con propósitos bien definidos.

Con el sol a punto de cerrar su ciclo diario todo se vuelve más festivo. La bebida local, cientos de litros a base de miel y sorgo fermentados, comienza a apoderarse, entre risas, bromas y conatos de peleas, de oscuros y lúgubres locales inundados a partes iguales por el olor dulzón del propio brebaje y del sudor acumulado.

En el ocaso, decenas de seres con la sonrisa perdida en el limbo del alcohol zigzaguean por las rojas calles de Key Afer en busca de un tuk tuk que los devuelva a sus chozas de paja o adobe.

Es noche cerrada en Key Afer, las últimas siluetas se recortan en el manto estrellado mientras resuenan aún las risas que las transportarán hasta el amanecer siguiente.

  

JORNADA 12 :  LA FAMILIA DE JINKA SHELLO

 

Wantó, como el resto de los Banna, desconoce su edad; aislada en la sabana en un lugar con resonancias míticas, Saba, vive apaciblemente con su marido, sus numerosos hijos, su plantación de sorgo y su honda a la que llama “rosso”.

A pocos km de distancia, Wado Gaya prepara una inyección para su ganado, víctima de la mortífera mosca tsé tsé, mientras su mujer Jinka Shello, ayudada por alguno de sus seis hijos, prepara una infusión a base de cáscara de café  en un rudimentario fuego de campamento.

El pueblo Banna se encuentra diseminado por los montañosos alrededores de Key Afer.  Aquí, familias aisladas viven en sintonía con un entorno del que obtienen todo lo que necesitan. Ganado, miel, maíz, sorgo, guindillas, café, plantas silvestres, vestidos de piel curtida de su propio ganado, pulseras y brazaletes de cuentas multicolor, calabazas, ollas de barro, “borkotos” (el tradicional asiento/reposacabezas de madera de todo el Este africano), rudimentarios cuchillos a los que llaman alfas, hondas y kalashnikovs dan forma a su apartado mundo.

Los Banna, sin embargo,  no desprecian nada que les venga del exterior: los muy útiles bidones de plástico o alguna irrelevante  caja de “mastika” -chicles- pueden ser  objeto de largas, incluso enconadas, negociaciones.

Para los Banna, que practican una economía de mera subsistencia, las mujeres, al igual que las cabezas de ganado, son una cuestión de riqueza: cada mujer aporta a la familia su propio trabajo y el de sus  hijos.

Los Banna no son animistas, se encomiendan individualmente, sin ceremonias, a su único dios “Bar-Yo”  y la poligamia es frecuente entre ellos.

Pero la poligamia, cuestiones crematísticas aparte, se fundamenta en razones más profundas que, aunque aceptadas socialmente por todos, son  fuente de enfrentamientos personales y, paradójicamente, garantizan su perpetuación. La poligamia concede al marido un dominio absoluto sobre la familia, pues cada una de las esposas, en estricta competencia con el resto, procura ganarse el favor de éste, asumiendo y fomentando sus roles de proveedora - cultivando, pastoreando y acarreando- y de procreadora, encadenando un embarazo tras otro a lo largo de su vida fértil.

Aquí, en Saba, Jinka ve fluir la vida de manera certera y apacible, sabedora de que su fortaleza no estriba tanto en los bienes materiales que atesora como en sus sólidos vínculos sociales.

  

JORNADA 13: EL CLAN DE TIFA DABO

 

Hoy es un día especial para Tifa Dabo, jefe de un clan banna; uno de sus hijos adolescentes deberá celebrar su ceremonia de iniciación, su paso a la edad adulta.

Tifa es un hombre rico, sus tres mujeres Hailo, Faka y Barki, sus 19 hijos, un considerable número de cabezas de ganado, una pluma ceremonial y un espejo, que guarda como un verdadero tesoro, dan fe de ello.

Desde el amanecer, los jóvenes solteros se reúnen en torno a calabazas llenas de sorgo fermentado; ríen, bromean y afilan sus alfas enfundadas en rudimentarias  fundas de cuero decoradas con cuentas multicolor.

Mientras tanto, mujeres y niños se afanan en acarrear leña y agua o en preparar la comida a base de plantas silvestres como el “kadi” recogidas in situ de los alrededores.

Pero las auténticas protagonistas, las que llenan el lugar con su presencia, son las jóvenes casaderas que, ataviadas con sus mejores adornos de cuentas y sus tobilleras de cascabel, cantarán y bailarán al ritmo de rudimentarias sordinas hasta el ocaso.

Hacia el mediodía, desde todos los puntos cardinales se van acercando de forma pausada y expectante nuevos grupos familiares que esperarán pacientemente a una distancia prudencial hasta que una numerosa comitiva se les acerque para ofrecerles, en señal de bienvenida, el terráceo brebaje transportado en las omnipresentes calabazas. El clan completo empieza a ser visible.

Sin solución de continuidad un nutrido grupo de niños pequeños decorados con pinturas faciales son conducidos, entre temerosos y expectantes, hacia un tenderete provisto de techo y alfombra vegetales recién cortados, allí saborearán el brebaje del clan y quizás por primera vez conocerán los secretos de la doble visión.

Mientras tanto, una de las jóvenes hijas de Tifa decorada igualmente con pinturas faciales busca denodadamente un joven provisto de un manojo de mimbres; tiene el privilegio de escoger la mimbre con la que quiere ser fustigada y demostrar con un salto hacia delante, pecho contra pecho, cuán dispuesta está a soportar la durísima carga que le espera si es finalmente aceptada por su pretendiente. Sus cicatrices en la espalda, en no pocas ocasiones sangrantes, dan fe de su valentía y sometimiento a la tradición.

Cae la tarde en Yinya, mientras la mayoría de los jóvenes reunidos en un imperfecto semicírculo danzan y saltan en dura competición, Ischo, el hijo adolescente de Tifa, demostrará al clan y a sí mismo  su mayoría de edad. Completamente desnudo  sorteará en ambos sentidos los  catorce inestables y escurridizos lomos de otros tantos toros  que él mismo ha pastoreado desde que aprendió a andar.

Millones de estrellas se asoman ya a las montañas de Yinya. Los ecos cada vez más lejanos de los monótonos cánticos ponen punto y final a una ceremonia mil veces repetida desde tiempos inmemoriales.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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