DIARIOS INDIOS [ 2019 2021]

INDIA: TIERRA DE MITOS

Eran las 3 de la madrugada, acababa de aterrizar en Delhi y aún debía permanecer allí 10 horas más hasta volar, finalmente, a Varanasi.

En el aeropuerto internacional Indira Gandhi, digno de una potencia nuclear como es la India, se había instalado un denso esmog propio de la ciudad más contaminada del planeta en aquellos momentos. Me pareció tan excesivo, que trajo a mi mente el dicho de que en la India todo es así, demasiada gente, demasiados dioses, demasiadas religiones, demasiados rituales, demasiados contrastes… demasiado de todo.

En realidad, la India es tan vasta y compleja, que todo lo que se pueda decir de ella es verdadero y falso a la vez, porque todo tiene su opuesto.

La de la India es la única gran civilización antigua que se ha transmitido hasta nuestros días sin solución de continuidad; algo similar a que los modernos egipcios siguieran adorando a Amón y Ra y enterrando a sus muertos según los rituales del Texto de los Sarcófagos.

Ni en el Egipto actual ni en ninguna otra parte del planeta sucede eso, pero sí en la India.

 

Mientras dejaba pasar el tiempo, al fondo de la terminal, figuras con posturas de yoga desdibujadas por el esmog me recordaron que, al final, había emprendido un viaje tanto tiempo demorado.

Durante todo ese tiempo, me estuve debatiendo entre la expectación por lo desconocido y exótico y la certeza de que el ser humano, no importa ni dónde ni cuándo, tiene siempre los mismos miedos y anhelos y siempre acaba formulándose las mismas preguntas. Y es su habilidad para encontrar diferentes respuestas a esas mismas preguntas lo que ha conducido a nuestras diferentes maneras de vivir.

Si hay una civilización cuyas respuestas han sido radicalmente distintas a las de Occidente, esa ha sido la civilización hindú.

Como ocurre con el resto de religiones teístas, el hinduismo -simplificando mucho- es un cuerpo de mitos, creencias y dogmas pretendidamente de origen divino (ese orden imaginado de Y.N. Harari) que dan respuesta a todas las cuestiones trascendentales que rodean al ser humano.

Pero mientras en Occidente lo sagrado coexiste con mayor o menor intensidad con lo profano; en la India, lo sagrado, lo mítico, lo ritual forma parte esencial de la vida diaria.

Por otro lado, sorprende, por encima de todo, la especialísima relación que tienen los hindúes con la muerte y con los rituales que la rodean. Una relación encarnada en la idea del ciclo de nacimiento, vida, muerte y reencarnación que denominan “Samsara”.

En la India, los rituales ancestrales omnipresentes, el politeísmo casi desmedido, lo mítico, son como el aire que todo lo impregna de un aroma único e inigualable.

El aeropuerto de Delhi quedada atrás y Varanasi se veía ya ahí abajo, acariciada por el sagrado Ganges. Pensé que, ahora sí, finalmente había alcanzado mi particular Terra Ignota.

 

JORNADA I.- KASHI: CIUDAD DE LUZ Y TINIEBLAS

No cuando entras en ella por primera vez, no cuando desciendes por sus “ghats”, no cuando te pierdes por sus laberínticas callejuelas, solo cuando sales de Varanasi – Kashi - llegas a comprender lo profunda y radicalmente hindú que es esta ciudad al borde del colapso.

Antes de que Roma fuera conocida o de que Nabucodonosor conquistara Jerusalén, Kashi ya brillaba con toda su gloria y esplendor. En palabras de Mark Twain “Varanasi es más vieja que la historia, que la tradición y que la leyenda y parece dos veces más vieja que todas ellas juntas”. Pero la historia de Kashi no es una historia de magníficos monumentos o de ancestrales piedras, es una historia espiritual, mística, inundada no solo por el sagrado río Ganges, sino literalmente por mitos y rituales y forjada por una enorme sucesión de generaciones unidas por una misma forma de explicarse el mundo y el lugar del ser humano en él.

Varanasi es la única ciudad del mundo antiguo, aún poblada, que conserva vestigios de una forma de vida de al menos 3000 años de antigüedad. No es que haya permanecido estática e inmutable, sino que la profunda influencia del hinduismo en la forma de vida, en los modelos de interrelación y estructura social y, por encima de todo, la casi total ritualización de la vida diaria ha hecho que se mantenga tal y como era ya en tiempos inmemoriales a pesar, incluso, de la presión que ejerce sobre ella la occidentalización creciente.

Tanto es así que, si Buda volviera a Varanasi, no tendría dificultad alguna en reconocer los rituales que diariamente se realizan por millares a orillas del Ganges y que él ya vio en el VI a.C. cuando se dirigía a Sarnath – a escasos 10 km - a pronunciar el primer discurso fundacional del budismo.

Desde tiempos inmemoriales Varanasi es, por añadidura, única en la India – y por ende en el mundo – por su especial relación con la muerte, por su actitud impávida ante ella.

La muerte, la más certera realidad de la vida, temida o tabú en otros lugares, es aquí esperada con la misma naturalidad que un joven espera su madurez. La muerte aquí es liberación, es puerta segura al “moksha”: el fin del ciclo de las reencarnaciones. Por ello, por conseguir el “moksha”, cientos, miles y miles de personas han acudido, acuden y acudirán a ella en su definitiva peregrinación cuando sienten cerca su final.

La muerte en Varanasi es una interminable procesión funeraria que al ritmo del “Rama Nama Satya He” (el nombre de Dios es la Verdad) alimenta sin cesar dos crematorios únicos en el mundo ubicados en plena ciudad a orillas del sagrado río Ganges: Harishchandra y Manikarniká.

DELHI 20 DE DICIEMBRE DE 2019 02:00

JORNADA II.- MANIKARNIKÁ: EL ÚLTIMO VIAJE [ MORIR A ORILLAS DEL GANGES]

Hoy la luz de Kashi, como tu vida misma, se ha convertido de forma irremediable en eterna oscuridad.

Hoy en Varanasi, en Manikarniká, has emprendido tu último viaje.

No importa ni cuándo ni cómo llegaste a Kashi.

No importa si viviste en la miseria o abandonaste la opulencia para dedicarte al estudio de los textos sagrados que heredaste de tus padres.

Seguramente cumpliste mil y una vez con los milenarios rituales que tus dioses demandaban para ti y tus ancestros y descendiste una y otra vez los escalones de los “ghats”, camino del sagrado río para sumergirte en sus contaminadas pero purificadoras aguas.

Quizás llegaste aquí en peregrinación para ser bendecido por algún hombre santo o buscando una última morada cuando presentiste que el final estaba ya cercano.

Tal vez fuiste un renunciante errante y acabaste, al final de tus días, junto a tus hermanos ascetas en algún recóndito monasterio.

Sea como fuere, tú ya has pasado por este trance: debiste raparte la cabeza y vestir la túnica blanca mientras llorabas en silencio la marcha de tu madre al tiempo que iniciabas la definitiva hoguera alrededor de su cadáver, después de las cinco sagradas vueltas rituales.

Llegado este momento, no importa quien fuiste y lo que hiciste, no importa si fuiste paria o brahmán.

Ahora, tu cuerpo yace inmóvil después de la postrera inmersión en las sagradas aguas y bajo el peso de la madera que devorará tus carnes.

Atrás quedaron los luminosos atardeceres que tus ojos ya no verán más y la alegre algarabía de las gaviotas, que tus oídos ya no escucharán.

Tus huesos crujirán bajo el fuego mientras Shiva te susurra al oído las anheladas palabras que te liberarán del eterno ciclo de las reencarnaciones. Alcanzarás finalmente el ansiado “moksha”.

Tu hijo, como ya hiciste tú mismo en su momento, golpeará tu cráneo para liberar tu alma, arrojará tus restos no consumidos al río, allí donde los buscadores de oro viven con el agua a la cintura, y lanzará sobre tus cenizas, aún calientes, la vasija ritual tal y como se viene haciendo desde milenios.

Mañana, en Manikarniká, el fuego seguirá devorando cadáveres, pero la vida – ese hecho minúsculo y extraordinario dentro de un universo inerte – seguirá su curso en una especie de “samsara” colectivo.

 

Mañana, después de todo, tu seguirás existiendo porque tus hijos y los hijos de tus hijos seguirán orando por ti de mil maneras diferentes a orillas del Ganges.

DELHI 10 DE DICIEMBRE DE 2019 06:00

JORNADA III.- EL TEMPLO DE ORO: EN TIERRA DE SIJS

Era el 5º día que entregaba mis botas en custodia para poder entrar.

Me esperaban horas de deambular descalzo sobre el gélido y resbaladizo mármol del Templo de Oro, el templo sagrado de los Sijs en Amritsar.

Después de un mes sorteando el lodo del Ganges, tenían un aspecto horrible - a pesar de los intentos de adecentarlas- y eran un par más entre varios miles; tantos como peregrinos desfilan, cada día del año, por el complejo sagrado.

La historia de los sijs transcurre, como la de tantos otros pueblos, junto a libros sagrados y lanzas mortíferas.

Tienen merecida fama de terribles luchadores y excelentes guerreros con una historia llena de claroscuros: infligieron al ejército británico su peor derrota en el país, pero también sufrieron en propias carnes, matanzas como la de Jallianwala Bagh o la ocurrida en el propio Golden Temple por parte del ejército de Indira Gandhi y que, a su vez, provocó su asesinato a manos de dos miembros de su guardia personal, sijs.

El contraste entre la seriedad y rudeza de sus rostros y la afabilidad con que estrechan tu mano entre las dos suyas, es realmente desconcertante.

Muchos de ellos circulan por las calles con su enorme turbante, su espada y su puñal sagrado del que no se separan ni el momento de su baño ritual en la piscina de néctar (amritsar en punjabí) que da nombre a la ciudad.

Estamos en el Punjab, pero parece que hayamos abandonado ya la India. No hay vacas, no hay monos, no hay ofrendas en cada esquina, a cada momento.

Todo empezó en el siglo XV d.C. con el gurú Nanak y sus sucesores y discípulos (sijs en punjabí) que fundaron una nueva religión monoteísta oponiéndose al desmesurado ritualismo politeísta hindú, a su sistema de castas, al sacrificio de las viudas y a la diferencia social entre hombres y mujeres - entre otras medidas -.

Ahora, y desde entonces, todos los hombres se apellidan Singh (león) y todas las mujeres Kaur (princesa); una medida efectiva para evitar la referencia a la casta de procedencia.

La noche se echaba encima. En el interior del templo, los gurús Granth Sahib seguían leyendo los textos sagrados y la cocina seguía sirviendo comida gratis a todo el mundo.

Volví a recoger mis botas, un par más entre miles. Las botas estaban impolutas y perfectamente embetunadas.

A veces ocurren cosas aparentemente insignificantes que te empujan a reflexionar sobre ellas porque intuyes que detrás de esa apariencia trivial se oculta algo grande y trascendente.

Allí, a la entrada del Golden Temple de Amritsar, sucedió uno de esos momentos mágicos. Desconcertado, sin articular palabra, no fui capaz de agradecer ese gesto totalmente inesperado, ¿a quién podría hacerlo?

Tras unos segundos dubitativos me malhumoré por mi propia reacción.

No debí haberme olvidado de que estaba en tierra de sijs.

DELHI 19 DE DICIEMBRE DE 2019 15:30

Bibliografía

 

Enterría, Álvaro (2018). LA INDIA POR DENTRO.             José J. de Olañeta e Indica Books

VV.AA.              (2012). BENARÉS. La ciudad imaginaria.  José J. de Olañeta e Indica Books