DIARIOS ABISINIOS. ( Relatos de un viaje inútil )  [2014 2016]

Quise  comprobar , cámara en mano - ese magnífico artilugio que congela el tiempo - , si la Etiopía real es tal y como la describen: un país extraordinario, excitante, exótico; montañas de exuberante vegetación y depresiones volcánicas donde la vida apenas es posible, torres acristaladas de lujo extemporáneo rodeadas de océanos de humildes viviendas de hojalata, iglesias excavadas en roca y legendarias ciudades santas del Islam, ritos ortodoxos de tradición milenaria y ceremonias tribales que apenas han variado desde la edad de bronce.

Nada más lejos de la realidad. Nada de exotismo. ¿Son esencialmente  distintas sus danzas tribales de nuestras fiestas populares?

Nada de ritos extraños. ¿Son más extrañas sus escarificaciones  que nuestras cirugías estéticas? ¿Son distintas sus celebraciones a base de sorgo fermentado de nuestros botellones?

Nada de gente extraordinariamente buena o excesivamente malvada. ¿Acaso las leyes divinas o humanas, vividas aquí o allá, han impedido que la especie humana deje de ser lo que en esencia es? ¿Acaso sus pillastres, estafadores o maltratadores son peores que los nuestros por no calzar unos Armani?

Nada de incomprensibles tragedias, exilios o grandes migraciones ¿No vivimos ya entre ellas sin apenas ser conscientes?

Allí, como aquí, lo extraordinario, lo excitante,  es la propia vida, vida corriente, vida vulgar incluso anodina, esa misma vida que allá donde aparece – entre oro o entre inmundicias- nos inunda con sueños y esperanzas, con  risas y lágrimas, con irrefrenables deseos de amar y ser amado, con la memoria del pasado, con la esperanza en el futuro.

Aquí, nosotros, cegados por nuestro  pertinaz etnocentrismo, exacerbamos su carencia de libertad - poligamia, religiones ajenas, costumbres ancestrales-  mientras asumimos la nuestra como un mal inevitable.

Aquí, nosotros, esclavos de nuestros contratos hipotecarios, esclavos de nuestros contratos laborales, esclavos de nuestro consumismo desorbitado ¿somos, acaso,  más libres que aquellos que juzgamos, tal vez con razón, como oprimidos?

Aquí, nosotros, dueños de casi todo excepto del tiempo,  devoramos miles y miles de imágenes de “otros mundos”, pero tenemos la obligación moral de observarlas, de traspasar su dimensión estética,  de utilizarlas para comprender quiénes realmente somos. Quizás descubramos que esos “otros mundos”  no son tal.

Ésta es la historia de un viaje inútil: nada de lo que vi me fue esencialmente extraño pero, parafraseando a Celaya, mantengo la esperanza de que La Fotografía no sea sólo un lujo cultural consumido por neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

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