I. IRÁN UNA TEOCRACIA AL ESTILO PERSA

 

Coincidí con ella a la sombra del imponente Iwan de la mezquita Iman Jomeini de Isfahán. En pocos minutos estaba tomando té con toda su familia a la sombra de la un arbusto de la plaza Naqsh e Jahan. Por enésima vez me acribillaban  a preguntas sobre mi país y sobre mi opinión sobre el suyo. No recuerdo su nombre pero sí que era resuelta y locuaz y que su condición de ingeniera informática le otorgaba un cierto aire de superioridad respecto al resto de la familia. Entre risas  benevolentes y desdén, que yo no lograba comprender muy bien,  iban construyendo sobre el tapete del picnic una especie de mosaico  desordenado con algunas de las fotografías de mi primer viaje. De repente, de forma instantánea e instintiva, se levantó con la foto entre sus manos preguntándome con un gesto imposible de ignorar si podía romperla; yo por supuesto asentí con la cabeza pero ella, seguramente por educación,  desistió mientras decía en alto para sonrojo de su familia “I hate all of them”.

La foto fue tomada en Teherán y en ella aparecen dos  minúsculas mujeres con chador  bajo dos inmensos retratos de  Ruhollah Jomeini y Alí Jamenei  que parecen observarlas atentamente.

Instantáneamente vino a mi mente la mañana en que recibí un SMS estando yo en Yazd. En él  se me rogaba que no comentara con nadie las conversaciones que la noche anterior mantuve con su familia mientras cenábamos en un parque de las afueras de la ciudad. Lo que allí se habló y de lo que se habla en Irán de forma recurrente es de hastío, de miedo y de falta de libertad.

Éstas no serían más que anécdotas si no fuera porque se repiten una y otra vez no importa dónde estés ni con quien hables.

Hastío, miedo, ansias de libertad y también pesimismo porque, como bien saben por experiencia propia, los grandes cambios, las revoluciones – tal y como ocurrió con la de Jomeini - sólo ocurren  cuando el pueblo tiene hambre y simultáneamente ha perdido el miedo al poder que lo subyuga.

Hoy en Irán los iraníes tienen qué llevarse a la boca y no han perdido el miedo.

 

Resulta paradójico que los hijos de aquellos que besaban los zapatos de Rheza Pahlevi, el último Sha de Persia,  o de los que con tanto ahínco se esforzaron en derribar una tras otra los centenares de efigies suyas repartidas por todo el país, deban convivir hoy con los miles de retratos de Ruhollah Musaví Jomeini o de su sucesor, el actual líder supremo, Alí Jamenei que inundan el Irán actual.

Y es que Irán, paradigma de teocracia moderna, vive  bajo la sombra de quien en 1979 regresara de su exilio en París para dar por finalizados años de despilfarro, de corrupción y  de terror de la dinastía Pahlevi instaurando La República Islámica de Irán.

 

Cuando el 1 de febrero de ese año el pueblo iraní acogía con auténtico júbilo el regreso de Jomeini  no hacía más que expresar su esperanza en una vida digna y, quizás,  de recuperar una identidad perdida. 

La respuesta a  cómo se han visto satisfechas esas esperanzas y a cuáles han sido las consecuencias de su regreso está, parafraseando al gran Dylan, “flotando en el viento”. Sólo hay que tener voluntad de escucharlo.

 

    II. LOS CHIITAS IRANÍES Y SU FERVOR RELIGIOSO

Él se esforzaba en conseguir un buen encuadre para la foto, ellas, ajenas a los esfuerzos del padre, miraban boquiabiertas la infinidad de historias bíblicas relatadas desde el suelo a la cúpula en una policromía que recuerda a la de los monasterios ortodoxos etíopes pero con una calidad pictórica muy superior.

La escena pasaría desapercibida  de no ser porque sucedió – sucede cada día- en  Vank Church la catedral cristiana de Jolfa en el barrio armenio de Isfahán y porque la familia  en cuestión profesa la rama chiita del islam a tenor de los  impecables chadores que ellas vestían y que apenas dejaban ver algo más que sus blancos rostros. Nacieron chiitas y no tendrán, en absoluto, manera legal de elegir una nueva religión si así lo desearan.

Las casualidades de la vida hicieron que al día siguiente coincidiera con la misma familia en la madraza Chahar Bagh con motivo de la oración del viernes.

En esta ocasión las cosas sucedieron de forma algo distinta, ellas junto a otros dos centenares de mujeres, todas ellas con chador negro, en el patio exterior, él en el interior de la propia madraza junto al resto de hombres. Todos ellos, devotos practicantes, comparten  momentos de gran carga emocional e incluso de éxtasis individual y colectivo que refuerzan hasta el infinito la conciencia de pertenencia a un grupo, hecho que, sin lugar a dudas, constituye una las fortalezas del pueblo iraní.

Unos días antes, acabé por casualidad en lo que sin duda era un recinto sagrado. Pero mientras unos feligreses rezaban en silencio o frotaban sus manos contra la tumba de algún mártir, otro grupo de hombres charlaba alegremente alrededor de unos tés y unos exquisitos dátiles que inmediatamente pude saborear. Al cabo de una hora, después de unas larguísimas presentaciones, uno de ellos me agarró del brazo, me llevó a una esquina, asegurándose con la mirada de que estábamos en un ángulo muerto de las cámaras de seguridad, para hacerme inconfesables revelaciones sobre su idea del actual régimen político.

Tomé un último té y mientras me alejaba  tuve que esforzarme en pensar que no había participado en una reunión cualquiera de unos amigos en el bar de la esquina. En realidad era el mausoleo Shahzade-ye Ibrahim de Kashan. Seguramente para ellos sí era el mausoleo de la esquina.

Pensar que el fenómeno del chiismo en Irán es obra y gracia del ayatolá Jomeini y su revolución del 79 es una ingenuidad. A finales del siglo X la práctica totalidad de persas eran ya musulmanes pero abrazando el chiismo como una forma de rebelión y supervivencia frente  a los invasores árabes sunitas que conquistaron Persia.

Cuna del zoroastrismo, la más antigua de las religiones de credo reveladas, e islamizado por los árabes hacia el 636 d.C., Irán fue convertido oficialmente  al chiismo  duodecimano  por el primer Sha Ismail I de la dinastía  safawí en 1502 que ya en aquel entonces instauró el primer gobierno teocrático del país.

 

La rama chiíta del islam confiere a Irán  su particular forma de ser y explica  gran parte de su historia pasada y reciente: Los chiitas rechazan el poder de los califas (sunitas), apenas toleran otro poder que no provenga de sus imanes  y tienen una inquebrantable fe en que el duodécimo imam, muerto violentamente  como todos los anteriores,  regresará para anunciar el fin del mundo.

Y es con esta fe, su verdadera fuente de fuerza espiritual,  con la que viven, con la que se emocionan y lloran y por la que mueren si es necesario.

Considerados por los sunitas como una rama herética del islam, no han dejado de producir nuevas interpretaciones del Corán y en sus estudios incluyen  a filósofos como Aristóteles o Platón pues consideran que  la razón humana es fuente divina; una herejía para los sunitas.

Y para acoger a todos estos sentimientos está la mezquita. La mezquita iraní es mucho más que la plasmación de una gloriosa arquitectura, mucho más que  un centro de oración; es sobre todo un territorio vedado al poder laico, es un lugar de refugio en tiempos difíciles como lo fueron los del reinado de Sha y el escenario para una animada vida social,  cultural y paradójicamente política.

 

    III. BAZAR, VIDA PRIVADA VIDA PÚBLICA EN EL IRÁN POST KHOMEINI

Benhaz insistió en quedar con su amigo  a unas  horas que a mí me parecieron muy tardías. Supuse que era una manera de evitar miradas indiscretas y por lo tanto problemas. Una vez en el coche pasamos a recoger a su hermana Bahar y a su sobrina Nila.

Sabía que no debía dar la mano a Bahar ni mucho menos un par de besos, así es que me limité desde la posición de copiloto  a saludarla en farsi – khoshvaqtam- lo que provocó en ella una explosiva y franca sonrisa de inmediato.

Pasamos unas  horas bebiendo té y fumando “khelium” en lo que debían ser las estribaciones de alguna montaña a juzgar por el inusual frescor del ambiente. Ya entrada la media noche me dejaron  en el callejón que da al hotel y cuando me disponía a despedirme con las escasas frases aprendidas en farsi, Bahar -que debió intuir mis intenciones al ver cómo sacaba mi pequeña libreta de notas- se bajó del coche, me dio un fuerte abrazo y un par de besos y se subió de nuevo sin apenas darme tiempo a reaccionar.

Debió ver mi cara de sorpresa porque,  mientras se  alejaba, se rió a carcajada limpia mientras hacía la señal de victoria con su mano izquierda.

Días después, recorriendo los intrincados callejones del bazar de Kashán, recordé esa inesperada despedida. El bazar iraní es mucho más que un mercado, más que un laberinto de callejones y comercios. El bazar invisible está formado por una intrincada maraña de redes comerciales, políticas y religiosas  que han influido en los grandes acontecimientos de la historia reciente del país.

Había algo extraño en ese bazar que no lograba identificar, era algo más que los embriagantes olores a especias, más que los rayos solares colándose por las bóvedas, más que el incesante trasiego de mujeres vestidas con chador negro.

 Al mediodía, huyendo como siempre del sol abrasador, me había refugiado en unos antiguos baños públicos restaurados, donde lugareños y foráneos dejan pasar las horas fumando en pipa de agua o bebiendo té, los pasatiempos nacionales.

Revisaba mis notas de viaje entre café y café cuando de repente el enigma del bazar cayó como lo hace la fruta madura; acudieron a mí decenas de imágenes de mujeres vestidas con impecables chadores negros coqueteando con joyas y vestidos que jamás podrán lucir en público. Acabé entendiendo  lo que ya había visto con tanta insistencia en el gran bazar de Isfahán y que volví a ver en el de Kashán.

El significado de lo que tantas veces había tenido ante mis ojos sin entenderlo, lo desveló aquella despedida de Bahar días atrás: mientras se alejaba en el coche haciendo la señal de la victoria, debió pensar ¿Acaso no sabes que en Irán  vivimos dos vidas?

 

    IV. NAQSH-E  JAHAN  EL CENTRO DE LA MITAD DEL MUNDO 

Coincidí con Safouraz bajo el impresionante pórtico del palacio Ali Qapu huyendo del implacable sol del mediodía como el resto de isfahaníes. Su gran visera blanca le daba un raro aire sofisticado  pero bajo su chador negro apenas podía disimular su aspecto melancólico. Entre miradas furtivas a los enormes retratos de Alí Jamenei y del Imam Khomeini que teníamos encima, no tardó en esbozarme algunas pinceladas sobre su vida que bastaron para comprender que estaba marcada por irreversibles pérdidas personales.

Safouraz  soñaba peligrosamente con el paraíso y con sus mártires pero oyendo cómo hablaba de su ciudad comprendí  por qué los  isfahaníes dicen de ella que es la mitad del mundo: porque para igualar su belleza se necesita todo lo demás.

Era mi primer día en Naqsh-e Jahan; aún acarreaba la pesada carga de prejuicios con que los occidentales solemos juzgar al país. Quizás por ello,  recuerdo a la perfección cómo mis sentidos y emociones se focalizaban en dos concretos e irresistibles puntos que en ese momento se me antojaban contradictorios: chadores negros por doquier y la inesperada paz y armonía  que se respiraba, que se respira cada día, en ese lugar tan especial.

La entrada al gran bazar – la puerta  Qasarieh - al norte, la mezquita del Imam Khomeini al sur, la mezquita Loftollah  al este y al oeste el palacio Ali Qapu; todos ellos son mudos testigos de los avatares del pueblo isfahaní  más allá de periodos históricos, regímenes o revoluciones.

Con los primeros rayos de sol, Naqsh-e Jahan - la imagen del mundo en persa -  muestra, orgullosa, su excepcional arquitectura. Ocurre así desde que el Sha Abbas I El Grande trasladara la capital del imperio Persa  a Isfahán convirtiéndola en la urbe más bella del mundo musulmán. Aún hoy en día es una de las plazas más grandes jamás construida.

Cuando los últimos rayos de sol mantienen encendidos  los minaretes de la mezquita,  cuando los chorros de agua del estanque central se tornan llamaradas de fuego y cuando las sombras de los chadores se alargan sobre el suelo compitiendo en longitud con éstos, Naqsh-e Jahan  es el centro de la mitad del mundo.

En el centro de la mitad del mundo - en el Irán actual - , si eres mujer,  puedes ser “ chadoríi ” , “hiyabi” o “ mantoíi ” . Decenas y decenas  de chadores negros portados - por convencimiento o con resignación - con un cierto aire de elegancia, y otros tantos  vestidos de corte occidental pero siempre acompañados de pantalón y rematados con pañuelo en la cabeza inundan la plaza produciendo una extraña sensación.

Allí, diariamente se congregan jóvenes volando cometas o jugando al voleibol, niños remojándose en el inmenso estanque central bajo la atenta mirada de sus madres, chicas adolescentes pasando el tiempo entre selfies, risas nerviosas y sueños de futuro, parejas de enamorados prometiéndose amor eterno y sobre todo decenas de familias haciendo picnic  en torno a un termo de té o a una canasta de fruta.

Todos ellos configuran un puzle humano que se renueva cada día pero que siempre gira en torno al núcleo esencial de la sociedad iraní: la familia.

Naqsh-e Jahan es la perfecta metáfora de Irán en el mundo, es la materialización perfecta de la cualidad que más nos caracteriza como especie: nuestra tenacidad y capacidad de supervivencia incluso en las situaciones más adversas.

Último día en Isfahán, última noche en Naqsh-e Jahan que aprovecho hasta bien entrada la madrugada. Mientras me dirijo al hotel sorteando transeúntes, coches de caballos, motos y cambistas que parecen turnarse para mantener la calle permanentemente ocupada, caigo en la cuenta de que es la hora de pensar en el siguiente destino.

Miro hacia atrás mientras pienso para mis adentros “volveré a la mitad del mundo”.

 

    V. KHAJU: HISTORIAS DE UN PUENTE SECO

Pasaron gran parte de la mañana situadas estratégicamente en la entrada norte del puente, su estática posición, sus chadores negros y sus gafas con cristales tintados las hacían inconfundibles, eran una pareja de la temida “Gashte Ershad” , la policía femenina guardiana de las buenas costumbres.

Las mujeres más veteranas  parecían tener un sentido especial para detectarlas y con gestos de hartazgo y resignación se recolocaban el hiyab antes de cruzarse con ellas; las jóvenes adolescentes, absortas en su propio mundo, eran casi siempre sorprendidas y, con gestos de sumisa resignación, recibían la educada amonestación  para que cubrieran su cabello debajo del hiyab.

En el ocaso, hacía ya un par de horas que los cánticos de los juglares resonaban entre las bóvedas del nivel inferior del puente; de repente, de forma imperceptible, ese ambiente de sosiego y euforia colectiva se transformó en una monumental algarada provocada por un individuo impecablemente vestido que  afeó la conducta del juglar.

Temiendo que el individuo fuera un policía secreto del régimen me alejé prudentemente de la escena, pero media hora más tarde, cuando observé que era literalmente arrinconado por la muchedumbre, me acerqué a uno de los cabecillas que con menos disimulo le había plantado cara - y que horas atrás me había  instruido sobre la importancia de la poesía de Hafiz en la cultura persa-  para interesarme por lo ocurrido.

Me mostró sus arrugas, me señaló su bíceps derecho y, con cara de hartazgo y ojos acuosos  por la rabia contenida,  me dijo literalmente “he tenido que pasar muchas penalidades en mi vida para que ahora venga la gente de mente estrecha a decirme lo que puedo y no puedo cantar”. Se dio la vuelta mirando al individuo y, con amplia sonrisa y gesto de satisfacción más propios de un adolescente victorioso, comenzó a canturrear en inglés probablemente para que yo lo entendiera “Soy feliz, soy feliz, soy feliz, quiero vivir con alegría, soy feliz, soy feliz”.

El puente Khaju construido de piedra y ladrillo durante el mandato del  Shah Abbas II alrededor de 1650, con sus 127 m de longitud es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura persa. Pero en la actualidad los isfahaníes comparten por  bluetooth videos de un pasado esplendor en el que aguas  verde azuladas transcurrían plácidamente bajo él. Lamentan con resignación la pérdida total del caudal del río Zayandeh durante 11 meses al año debido a lejanas políticas hidráulicas decididas en Teherán.

Como una inmensa y espectacular colmena va alojando desde el alba al ocaso a decenas de actores que, sin pretenderlo, representan a diario una obra con guión no escrito. Juglares espontáneos, familias que se cobijan del insoportable sol, solitarios de todo tipo que buscan compañía anónima o enamorados. Se dice que no hay pareja  en Isfahán que no haya buscado un cierto atisbo de  intimidad bajo la sombra de algún recóndito arco de esta espectacular construcción de la dinastía safawí sorteando las miradas escrutadores de policía y de las propias “Gashte Ershad”.

Paradojas del destino, el puente Khaju, privado ya de su hidráulica razón de existir, ha sido convertido por los isfahaníes  en el singular escenario del teatro de sus vidas.

 

    VI. YAZD Y KASHAN DOS OASIS EN DASHT E KAVIR

Coincidimos  en la cola de entrada del tren nocturno con destino  a Yazd y aprovechó el primer contacto visual para decirme “Welcome  to  Iran”. Un par de horas después apareció en mi vagón con dátiles acompañado por su madre, una joven iraní vestida al estilo hiyabi  que se esmeraba en grabar la escena como si se tratara del documental de su vida.

Dos días después me encontraba de picnic con toda su familia  y, mientras sus padres se esmeraban en ser unos excelentes anfitriones, su hermano adolescente rebosante de curiosidad y energía vital me susurró al oído:

- ¿Sabe usted que en mi país no hay libertad? 

- Le contesté a la gallega diciéndole  ¿qué piensan tus padres de esto? Lanzó una mirada alrededor,  como quien necesita comprobar que nadie está en la conversación, y me contestó con cara de satisfacción: Lo mismo que yo.

A la mañana siguiente recibí un sms: “Por favor no comente con nadie nuestro encuentro de anoche y mucho menos de lo que allí se habló porque en mi país no tenemos permitido cenar con turistas por razones de seguridad”

Tanto Yazd como Kashan surgen como milagros insospechados en las estribaciones occidentales del desierto persa; de historia milenaria fueron durante mucho tiempo  la última parada de las caravanas antes de internarse en el desolador desierto Dahst e Kavir.

Aún conservan la arquitectura milenaria de “Sabbats” - estrechos callejones de adobe - y “Bagdirs”         - torres de ventilación combinadas con depósitos de agua subterráneos -  que Marco Polo vio en uno de sus viajes en 1272 y que hacen soportable un riguroso clima que oscila entre más de 40º C  en verano y -8º C en invierno.

Conservan también ese modo de vida alejado del trajín de las grandes urbes y apegado a las tradiciones y a la estricta ortodoxia de la sharía. Aquí, en el desierto iraní,  la proporción de mujeres “chadoríi” es aplastante y es prácticamente imposible encontrarse con esas valientes que abundan en Teherán y otras grandes ciudades que, en un atrevido acto de rebeldía, dejar caer su hiyab mostrando su cabello y desafiando al régimen.

Iba yo recordando días después el sorpresivo sms de Aboolfazl mientras recorría el barrio antiguo de  Kashan huyendo del sol abrasador; era mediodía y aunque iba literalmente rozando la pared de adobe  tuve que refugiarme en el hueco de una puerta para que el coche pudiera avanzar lentamente por el “Sabbat”. Al llegar a mi altura, el coche se detuvo empotrándome literalmente entre las dos puertas la de la casa y la del propio coche. Se bajaron las dos ventanillas de las que salieron tres voces que al unísono dijeron “Welcome to Irán”. Inmediatamente la hija adolescente, vestida con chador igual que su madre, tomó la iniciativa y me pidió de manera exquisitamente educada que les acompañara a su casa a comer: “You are our guest, please…”.

Es difícil olvidar sus caras de frustración cuando, al final, entendieron que me era del todo  imposible al estar a escasas horas de salir para mi siguiente destino.

Me despedí dándoles las gracias y deseándoles un buen día: “Sepas go Sharam” “Ruz khubi dastec basid”. Sus caras se iluminaron de nuevo con un gesto mezcla de sorpresa y extrañeza.

 

VIII: IRANÍES . HIJOS DE LA REVOLUCIÓN

Sabía que podía entrar y tirar todas las fotos que quisiera. Los iraníes, para los que las mezquitas son mucho más que un sitio de oración, no sólo te permiten entrar en ellas, sino que te invitan a compartir con ellos hasta los más privados momentos de oración.

 

Aun así, me mantenía discretamente bajo el umbral de la puerta de la mezquita Azam Korsi de Kashan observando cómo los feligreses, todos hombres, elevaban sus plegarias vespertinas. Repentinamente un hombre de mediana edad me invitó efusivamente a entrar diciéndome con su cara que algo importante me estaba perdiendo allí afuera. Ante mi reticencia me pidió una foto junto al que parecía ser su padre. Finalmente me agarró de los hombros mientras me daba cuatro besos, dos y dos, como los de las abuelas de toda la vida.

Poco antes, mientras paseaba por los alrededores de la mezquita, se me acercó un adolescente subido en una bici cuyo paso aminoró para entablar conversación. Mientras me lanzaba, una tras otra, preguntas sobre mi país y se interesaba por mi opinión sobre el suyo, se le acercó un hombre maduro de aspecto más bien desaliñado que de manera amable y condescendiente le susurró algo al oído. El hombre y se alejó rápidamente disculpándose por la interrupción. Inmediatamente, el joven, avergonzado, se bajó de la bici pidiéndome disculpas por no haberlo hecho antes.

Este joven era muy diferente a los que me encontré días después en Khaju Brigde en Isfahán. De forma totalmente desconocida por mí hasta el momento, su comportamiento fue desafiante y su actitud burlona. Decidido a cortar por lo sano me dirigí al que parecía ser el líder del grupo y le dije en tono exageradamente serio: hasta donde yo sé los iraníes sois gente amable y educada y vosotros me estáis molestando. Automáticamente sus cuatro colegas lo agarraron de los brazos pidiéndome disculpas mientras lo alejaban.

Encuentros como éstos se suceden uno tras otro, día tras día, en el Irán actual.

Encuentros como estos corroboran la simple idea de que un país es grande, no por sus paisajes extraordinarios, ni por su impresionante arquitectura, ni por su cultura milenaria, ni siquiera por el régimen político del momento o por sus líderes. Sin su gente, todos son desiertos emocionales.

VII: BANDAR E ANZALI: LA ALARGADA SOMBRA DE LOS CHADORES

 

Casi sin darme cuenta me encontraba fumando “khelium” con unos pescadores en alguno de los muchos bares de la calle Mirza Kouchak Khan, algo realmente difícil de ver la mayoría de ciudades del país. Como viene ocurriendo desde siglos, habían tenido lugar decenas de subastas del pescado capturado la noche anterior.

Mientras escuchaba el borboteo de la pipa de agua, sonreí sorprendido al observar el brazo totalmente tatuado de uno de ellos; en tono algo arrogante, me devolvió la sonrisa mientras se levantaba la manga para dejar al descubierto un burdo tatuaje de una chica totalmente desnuda. Hice un pequeño movimiento para enfocar mi cámara, pero él me detuvo bruscamente: No hagas una foto de esto, está prohibido.

De vuelta al hotel, las palabras del joven pescador me hicieron recordar lo que días atrás había presenciado en Anzali Beach.

Observaban, como estatuas, las olas del Caspio, debían ser del interior del país a juzgar por sus caras de júbilo. Agrupadas en fila única bajo unas sombrillas que eran ya inútiles por la posición del sol, observaban cómo un grupo de tres chicas jóvenes disfrutaban del oleaje a pesar del enorme peso de su ropa empapada.

 De forma inesperada, un dedo acusador y unos pitidos interrumpieron la escena; provenían de un grupo de mujeres vestidas con chador integral y viseras blancas. Al parecer, el hijab empapado en agua de alguna de las chicas, le había salido contrarrevolucionario enseñando más cabellera de lo permitido. Me sorprendió la mansedumbre de las chicas y del prometido de una de ellas que observaba la escena desde la arena haciéndole efusivas señales para que se lo subiera.

 

Por un momento creí estar de nuevo en la entrada norte del puente Khaju de Isfahán donde las “Gashte Ershad”  velan por el cumplimiento de la sharia.

Al día siguiente, y de nuevo en Mirza Kouchak Khan,  pasé un buen rato jugando una partida de billar con un antiguo capitán, ya jubilado,  de la marina iraní y una nutrida cohorte de público. Mientras  el marino admitía a regañadientes mi victoria, sin duda la suerte del principiante, me interesé por la extraña ubicación de la sala, a modo de palafito, en la trastienda de uno de los bares de la ciudad portuaria. Con un gesto, mezcla de  hartazgo e impotencia,  me dijo que eso era así porque el juego no está permitido en Irán.

Demasiadas prohibiciones en mi país, sentenció finalmente en voz baja.

 
 

IX: CONVERSACIONES CON MOLANA

Soy hierro resistiendo el imán más fuerte que hay.

Lo escribió en el siglo XIII uno de los grandes poetas y místicos sufís de origen persa, autor del Masnavi-ye Manavi conocido como el Corán Persa e inspirador de los derviches giróvagos , paradójicamente prohibidos en el Irán actual.

Todos ellos nacieron dentro de la actual República Islámica de Irán y pudieron elegir alabanzas a la primavera o a los almendros en flor. Pudieron elegir hablar de la unión mística con el Ser Supremo, de la emoción del amor humano o elogiar la música y la danza como el camino para alcanzar el éxtasis. Pero eligieron, a veces con valentía, a veces con temor, hablar de dolor, miedo, de muros, de resistencia, de libertad y de esperanza

Y es que la poesía de Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī más conocido como Molana transciende sus orígenes y su tiempo, nos pone a cada uno de nosotros frente al espejo y, como un tímido pero potente rayo de luz, nos alerta de forma exquisita de los peligros de la autocomplacencia porque solemos juzgar los muros del otro como su prisión y los propios como nuestra fortaleza.

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