BELLEZA PRIMIGENIA [ 2010 ]

Maestras, carniceros, matronas, niños, ancianos, sepultureros, periodistas, abogados, beatos, pecadores, prostitutas, sacerdotes.

Tersas pieles, o profundas arrugas de esas que pueden alojar toda una vida.

Senos firmes o pechos que apenas recuerdan lo que un día fueron.

Torsos atléticos, vientres excesivos, nalgas modestas, nalgas imperiales, corredores de fondo o impedidos.

 

Con la devoción propia de quien abraza una nueva fe o con el escepticismo de quien nada tiene ya que perder, se afanan en un ritual de sal y cieno que sugiere, más que una terapia de incierta eficacia científicamente demostrable, un ancestral rito iniciático.

 

Antes de la dosis diaria de la olorosa medicina, puedo vislumbrar, a pesar de sus vulnerables desnudeces, ciertos toques de individualidad: una piel bien hidratada, unas manos curtidas por horas de trabajo al sol, la discreta marca de un bikini o la de una camiseta al más puro estilo Marlon Brando….

 

Sin solución de continuidad llega el momento cumbre, el fin último del ritual: aplicado con visibles muestras de afecto o de solidaridad, un cieno negro y suave es aplicado como un manto aceitoso desde las plantas de los pies hasta los mismísimos párpados.

 

Y a veces –sólo a veces - sucede el milagro; no hablo de las decenas de historias, propias o ajenas, narradas con una sospechosa convicción, sobre los múltiples efectos terapéuticos de tal arcillosa práctica.

 

El milagro que me desvela el objetivo de la cámara es de otra índole.

 

Máscaras de pieles húmedas, resbaladizas y preñadas de raros brillos, como si de anfibios primitivos se tratara, o secas y agrietadas, como la de longevos paquidermos, desposeen a sus anónimos portadores de sus artificiales señas de identidad y, paradójicamente, les devuelven su verdadera y única condición de la que emerge una, tan olvidada como despreciada, belleza primigenia.

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